Otro Día de las Madres

Por Ilse Bulit / Foto: Raquel Sierra

Bendito y oportuno día para los comerciantes de cuellos apretados por la recesión o por el miedo mundial a caer en picada. Bellos rostros de mamá en la televisión, (ni a la vejez se le perdona la fealdad en la pantalla), suplicando un regalo, un mínimo regalo, sin sustos para el bolsillo individual y, a la vez, si es posible, sin denigrar el prestigio de los supuestos hijos triunfadores.
A todos ellos se les exige recordarlas en ese día. Es una orden señalada en rojo en el almanaque, comenzada hace casi un siglo en nombre del amor, favorecida por los fabricantes, tomada en asalto por la publicidad, manchada por el hábito, sostenida por corazones limpios.
Corazones desdibujados en viejas cartulinas pintadas por aquellos niños y niñas evocados por madres solitarias. De sur a norte, de este a oeste, se mueve el mundo. Ellos llevaron en sus equipajes las costumbres, carga pesada en la lejanía. A la madre solitaria la añoranza se la pagaron este año en dólares o euros, o en un regalo suntuoso, atisbado por los vecinos desde sus ventanas. Quizás, a la madre solitaria le llegó una tarjeta que, con alegre música, revelaba en texto directo que aquellos sueños provocadores de la ida no quieren volverse realidad y los días son largos para el trabajo, cortos para el descanso e inexistentes para la recompensa de las llamadas semanales.
Otras tarjetas engañaban por amor propio o por el propio amor a la madre y aducían causas en razón directa a la imaginación personal.
Existen aquellas que, todavía fuertes y presuntuosas, indujeron a los hijos a la partida. Nunca pensaron que un día su cuerpo, desvencijado por las enfermedades y los erotismos consumados, reclamaría tregua.
No sabían que los continentes lejanos cambian las vivencias e incitan a las desmemorias, sinceras o provocadas, y hacen que mayo sea un mes cualquiera sin símbolos afectivos, que la palabra “mamá” pierda su sonido original porque la lucha diaria doblega el espíritu.
Recibirán llamadas locales de sus amigas. Ensayarán dotes histriónicas y hablarán de alegrías. Si la amiga ostenta por igual un hijo en el extranjero, compartirán esfuerzos en pintar de colores la obligada soledad o, mujeres sinceras, mojarán con lágrimas los modernos teléfonos cuando terminen las listas de las últimas compras.
Aún las madres de los triunfadores no escaparán de la tristeza. Las fotos de los nietos desconocidos, la esperanza de la visa para una mínima temporada o la decisión puesta en la balanza entre el retorno o el abandono de la tierra de sus muertos, aparece ante el correo lejano con la pregunta: ¿te decidiste?
A esta madre solitaria le vuelan los ojos detrás de los hijos ajenos. Los callejeros, de contestas irrespetuosas ante sus progenitoras, amargados por la envidia hacia los otros, los movidos en motos, comunicados por celulares.
No hay dudas. Solo los comerciantes con sus anuncios vistieron y visten de alegría esta fecha, nacida entre pensamientos tan reales como tristes. La iniciadora fue la pacifista estadounidense Julia Wad Hawe, en 1872. No reclamaba regalos de flores y bombones. Pedía una fecha para que las madres olvidaran la guerra, ladrona de sus hijos.
Después, y en nombre de su madre muerta, la también estadounidense Ana Jarvis conseguía, en 1914, la aprobación de este día consagrado a la ternura como fiesta nacional. Dicen que nunca estuvo de acuerdo con la vuelta consumista de la fecha.
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