«Magineras», cubanas que no han dejado de crear

Por Sara Más / saramas_2000@yahoo.com

Con distintas formaciones y activas en profesiones diversas, muchas de las cubanas que integraron la Asociación de Mujeres Comunicadoras -conocida por Magín-, en la pasada década de los noventa, siguen investigando y creando con una mirada crítica e innovadora.
«Magín nos proporcionó las herramientas para permear con el enfoque de género nuestra labor creadora, informar, educar y concientizar problemas sociales que precisaban de perspectiva y análisis de género», aseguró en la capital cubana una de sus integrantes, la historiadora y escritora Daisy Rubiera Castillo. Creada por iniciativa de la periodista Mirta Rodríguez Calderón -quien actualmente trabaja en República Dominicana y es corresponsal de SEMlac en ese país-, Magín agrupó a más de un centenar de profesionales de los medios, académicas, investigadoras, expertas de la salud, escritoras, artistas, conductoras de programas radiales y televisivos, cineastas, diputadas y delegadas del Poder Popular, entre otras cubanas que se interesaron por los temas de género y la discriminación sexista, de los cuales apenas se hablaba entonces en la isla caribeña.
Al decir de Rubiera, se trató de una experiencia excepcional «que puso sobre la mesa de la agenda pública el concepto de género y, con él, los estereotipos sexistas, los roles y atributos sexuales, las brechas de género, el trabajo invisible, el feminismo y, sobre todo, la autoestima de las mujeres».
Rubiera intervino, junto a la comunicadora Irene Esther Ruiz y la editora Pilar Sa Leal, en la mesa «Fraguar alianzas para estrechar brechas de género», moderada por la socióloga Niurka Pérez Rojas en el Coloquio Internacional «Mujeres, circuitos de colaboración y asociacionismo en la cultura y la historia de la América Latina y el Caribe», organizado por el Programa de Estudios de la Mujer de Casa de las Américas, del 20 al 24 de febrero de 2012.
Entre 1993 y 1996 Magín desplegó una intensa actividad de capacitación, superación personal y profesional, creación y formación mediante talleres, grupos de discusión, algunas publicaciones y encuentros de diverso tipo.
«En ese tiempo la actividad ‘maginera’ fue sistemática, intensa, diversa y abarcadora», acotó Ruiz, integrante de la Asociación de cine, radio y televisión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y vicepresidenta del Equipo Nacional de Historia del Deporte.
Entre otros objetivos, la agrupación se propuso asimilar el lenguaje empleado entonces a escala internacional, desarrollar acciones de difusión y entrenamiento para incentivar potencialidades y fortalecer la autoestima femenina, así como producir nuevos conocimientos y mostrar la singularidad de la experiencia cubana, agregó.
«Empezamos a reflexionar acerca de las tensiones y el retroceso que, para nosotras, entrañaba la crisis económica que vivía el país», recordó Ruiz, incluida la falta de acceso de las mujeres a espacios de poder, la aparición y resurgimiento de males sociales y conductas discriminatorias.
Cursos impartidos y conferencias dictadas por cubanas y expertas de otros países, talleres de crecimiento personal, grupos de trabajo e investigaciones fueron promovidas desde esta iniciativa, que introdujo temas como autoestima, representación racial en los medios, sexismo en el lenguaje, feminismo, género y comunicación social, violencia, género y salud, sexualidad femenina, entre otros, y también desplegó acciones y encuentros fuera de la capital.
«Si un rasgo caracteriza al grupo es la insaciable sed de crecer», sostuvo Sa Leal, ingeniera electrónica de formación y editora por muchos años, quien se ha reconocido además como «fotógrafa extraoficial, albacea de los archivos y una suerte de administradora», entre otras responsabilidades que la unen al grupo.
Junto a los aprendizajes, consiguieron estilos y espacios muy creativos y fraternos, de acuerdo con diversos testimonios. «Descubrí que tenía conciencia de género y no sabía qué era. Aprendí a metodizar lo que sentía y no sabía canalizar. Tener una conceptualización de criterios que ejercía sin saberlo», ha expresado la guionista y directora de televisión Xiomara Blanco.
Otro tanto ha declarado la cineasta Belkis Vega: «Si me pidieran nombrar una asociación a la que he pertenecido, que haya sido formativa, siempre hablaré de Magín», dijo la profesora de la Escuela Internacional de Cine, citada en el encuentro por Rubiera.
Para Vega, se trató de un espacio que incentivó la capacidad de crecer y afianzar potencialidades que se convirtieron en proyectos, investigaciones, trabajos periodísticos, libros y películas, pero también creó una red de apoyo que existe y donde «los triunfos personales se transforman en triunfos colectivos».
La antropóloga Leticia Artiles, también del comité gestor de Magín y experta en género, salud y políticas públicas, asegura que la agrupación significó para ella un cambio total. «Cuando yo comienzo en el grupo, muy al inicio, el tema de género no lo manejaba. Arranqué con Magín sin ser comunicadora y, a lo largo de los años, me he especializado», refirió a SEMlac.
En su criterio, aquella labor propició un cambio que, si bien no fue total, permitió la aparición de espacios televisivos, anuncios de publicidad y telenovelas con una marcada intención ideológica y de género.
Sin llegar a formalizarse legalmente, aunque había comenzado los trámites necesarios, Magín fue oficialmente desactivada en 1996 y así quedaron truncos proyectos como la edición completa de la Colección Magín Mujeres, de la revista trimestral y de Cubanas de esencia y presencia, diccionario biográfico de comunicadoras cubanas del siglo XX.
También la Red Magín Press, destinada a la articulación con otras redes de comunicadoras; una búsqueda de los sesgos sexistas en los medios de difusión cubanos y un programa de capacitación para crear productos comunicativos con enfoque de género, entre otros mencionados por Pilar Sa durante el panel, que por primera vez examinó públicamente esta historia reciente.
Irene Esther Ruiz ubica aquel final en un contexto muy particular, de plena crisis económica de los noventa y fomento del Carril II de la Ley Torricelli por parte de Estados Unidos, «que intentaba penetrar la sociedad civil cubana y desestabilizar nuestro proyecto social», precisó.
«Entonces se nos dijo que no era una buen momento, aunque recibimos una evaluación óptima de nuestros proyectos y formas de trabajo» y «la vida ha demostrado que se podía confiar en nosotras», explica.
También faltó comprensión ante una visión precursora, a juicio de Rubiera. «Éramos mujeres de aquel presente con pensamiento de futuro», considera la historiadora.
«En una situación en que asociaciones de la sociedad civil no tenían un espacio para su oficialización, que mujeres comunicadoras y de muchas profesiones entráramos en una mancomunidad con la intención de cambiar el enfoque, el lenguaje y la mirada desde una perspectiva de género, ya de por sí era un reto», reiteró a SEMlac la antropóloga Artiles.
«No podemos olvidar que la cultura de nuestro país es patriarcal y cualquier tipo de transgresión social genera temores al deconstruir patrones heterosexistas y reconstruir conceptos teniendo en cuenta la diversidad», agregó.
La psiquiatra Ada Alfonso añadió otro matiz: «se trataba de un espacio de transgresión, con una agenda creada por las propias mujeres para discutir los temas del momento», dijo a SEMlac. Sin embargo, «la semilla fue magnífica», reconoció ante el plenario, «porque la desactivación no llevó al silenciamiento».
De algún modo aquel proyecto ha tenido continuidad en la publicación digital e impresa de A primera plana y la Red Dominicana con Perspectiva de Género, fundadas por Mirta Rodríguez Calderón en Santo Domingo.
También en los desempeños profesionales de «las magineras», dentro y fuera de Cuba, durante y después de Magín. «Aquellos saberes impactaron en la labor profesional de cada una de nosotras», que «actuamos siempre a partir de una mirada genérica y desarrollamos acciones para ayudar a proyectar y expandir esa dimensión», aseguró Rubiera.
Sonnia Moro admite que al principio se sintió «un poco intrusa», por ser historiadora de profesión y no identificarse como comunicadora.
«Pero aprendimos a multiplicar mensajes y hoy trabajamos donde quiera que haya un espacio, desde las conversaciones familiares hasta un taller de capacitación», dice a SEMlac la autora de Nostalgia de una habanera del Cerro, autobiografía publicada en 2006 por Ediciones La Memoria, del Centro Pablo de la Torriente Brau.
«La magia de Magín no está solo en su capacidad para alumbrar las zonas oscuras del conocimiento», sostiene Ruiz, sino en «lo que éramos capaces de construir entre todas», al romper estereotipos, «no ver a la colega como rival sino como contraparte» y sentir la calidez y esa solidaridad entre mujeres «que después supimos que se llamaba sororidad», aseguró.

Marzo de 2012

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