Madre, hay una sola

Por Ilse Bulit
Es un chiste viejo y, como las modas, vuelve de tiempo en tiempo. En Cuba, Pepito es el personaje protagónico de cuentos inventados, recipientes de la filosofía de la calle donde el sexo y la política enlazan sus tentáculos y la risa escondida se suelta en carcajada.
A Pepito la mamá lo envía a buscar unas colas en la nevera para brindárselos a unas amigas. Y Pepito, burlón y atrevido, atenta contra los principios establecidos por la sociedad y, colocando la coma en el vocativo, grita: ¡Madre, hay una sola! Escondido en este inocente chiste está la doblez del llamado amor a la madre, predicado por tantos varones que en el mundo han nacido. Por supuesto, madre hay una sola y padre también, hasta que a la biotecnología le de por lo contrario.
Este chiste surge fechas ha, cuando la genética se ligaba a las atrocidades descubiertas en campos de concentración nazis; en los cines de barrio, las mujeres empapaban sus pañuelos ante la rolliza Sara García, con los brazos abiertos para recibir a sus hijos-ovejas negras; y delincuentes se tatuaban corazones con el consabido letrero de la madre perfecta, irrevocable y única, aunque cumplieran condenas por matar a otra madre cualquiera para robarles una cola.
Años antes, la consabida frase aparecía en un tango cantado por Carlos Gardel bajo ese mismo título y con letra de José de la Vega. Apenas quedan dudas. Este extraordinario artista popular, vigente de un siglo a otro, afianzó la imagen de la viejita con el eterno perdón en los labios.
Después vendría Pedro Infante y también la carga de radionovelas que, con sus hembras sufridas de tanto hacer llorar a las madres de carne hueso sobre los radios, les provocaban cortocircuitos a dichos aparatos. Si tanto las quieren, ¿por qué las hacen llorar fuera de la realidad virtual?
Sin dudas, la imagen de la parida ha mejorado y por esfuerzo propio, principalmente. Sangre, sudor y lágrimas le ha costado y le costará. Sí. El cine, la radio, la televisión, los videos, en la inmensa mayoría de sus ofertas, distorsionan sus capacidades y qué decir de los medios de papel y en red.
Pero, seamos justos. Juegan a su modo con la realidad, pero esa realidad aplasta primero antes de abrir los noticiarios estelares. Está ahí, por desgracia, al alcance de la mano de todas las madres, recordadas y adoradas con besos y flores un día al año –bien publicitado, por cierto–, para aumentar la venta de regalos; en cualquier geografía, bajo este o aquel signo político. La cruda realidad la circunda fuera de las pantallas.
Ahora son los chicos de las maras, productos de guerras y miseria, quienes en sus brazos tatúan oraciones a sus madres. Hace ocho años, el niño cubano Elián vio morir a su madre en el mar y trataron de robarle las abuelas. Hoy, el niño colombiano Emmanuel ensaya al fin la palabra “mamá” frente a su progenitora Clara.

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