Las fabricantes de hombres perfectos

Por Ilse Bulit

Escucho la radio. Otra entrevista a una mujer imperfecta que habla de su hombre perfecto. Ella insiste en ponderarlo. Repite, como tantas otras, un canto aprendido desde niñas: “El me ayuda. Gracias a él, pude continuar mis estudios. El lleva el niño a la guardería. Y cocina muy bien, mejor que yo”.
Con unos cuantos ejemplos, fortuitos y epidérmicos, dan por rota la cadena. No pongo en dudas la existencia de esos hombres con visión clara de las responsabilidades idénticas en el sostenimiento de la vida en pareja y en familia. Tampoco dudo que, en las últimas generaciones, la comprensión gane terreno en ese aspecto. Ojalá que esas transformaciones en el comportamiento fluyeran como en cascada poderosa y no con la timidez de los ríos que, ante una sequía prolongada, pierden su caudal.
Preguntada una periodista sobre esa larga fila de entrevistas, donde pocas son las que abordan con sinceridad sus relaciones de pareja, me contestaba que muchas de sus invitadas tenían miedo de buscarse más líos con los maridos si abrían las puertas a la luz. El deseo de sostener una paz equivocada influye.
No hay dudas. Los efectos de la doble moral; subterfugio de esa hipocresía, compañera en el viaje del hombre y la mujer a través de los siglos, tiende sus telarañas. Y entonces… el modelo proclamado como hogar perfecto es este, el del esposo cooperante, comprensivo, cariñoso, desprejuiciado, tolerante -de la misma manera que se especifican las cualidades de una marca de trapos vestibles sobre otra y con la repetición propagandística se ansía tener por su supuesta belleza y calidad y porque, vaya, da prestancia sobre las demás-, se proclama como el hombre ideal en el hogar ideal. Se sonríe de puertas afuera, aunque en el dormitorio y la cocina, la vida siga igual.
Inciden otros motivos. Esas mujeres sonrientes, quienes aplauden las ventajas de haber logrado la equidad en las leyes, el respaldo de organizaciones, la integración al trabajo y a los estudios, el derecho a parir o no parir, y a esa serie de ventajas que, sin duda alguna, poseen las cubanas y personifican un rubro inobjetable de la política respecto a las mujeres, viven oscurecidas por el precio pagado al no marchar el cambio interno en las relaciones hogareñas a idéntico ritmo.
Estas sienten la culpa sobre ellas, por no lograr diversificar sus fuerzas: preocuparse por la formación de los hijos a la par de reciclar sus conocimientos en sus especialidades. Porque si bien en los últimos tiempos, los jefes no miran con tan mala cara, por encima de las leyes protectoras, a la empleada gestante, ella sabe muy bien el costo de no mantenerse actualizada en los últimos conocimientos.
No es sólo el dedo señalador de los hombres y de las propias hermanas de sexo ante sus fracasos hogareños que persisten, ahora revividos ante una naciente indisciplina social entre los adolescentes y jóvenes.
Solicite el trabajo completo a semcuba@ceniai.inf.cu

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