Las “Cuquitas mecanógrafas”

Por Ilse Bulit

Cuando el estadounidense Russ Westover inundó las ediciones dominicales de los periódicos latinoamericanos con su historieta “Cuquita la mecanógrafa”, en la primera mitad del Siglo XX, ya las taqui-mecas eran personajes comunes en las oficinas. El angelino Russ las trataba con cariño, mientras que otros caricaturistas las sentaban en las piernas del jefe como si esa posición entrara en el contrato laboral.
Nunca imaginó Henry Mill, en la Gran Bretaña de 1714, ni la Reina Ana que otorgó la patente a este primer intento de un armatoste sustituto de la pluma y la tinta, que esta máquina de escribir sería una fuente de sustento de las féminas junto al teléfono de Meucci y Bell. La máquina de escribir, como otros inventos, necesitó de un largo proceso de descubrimientos y pruebas para cumplir satisfactoriamente el sueño de acelerar la confección de una papelería comercial, que un saludable capitalismo aumentaría entre los siglos XVIII y XIX.
Las teclas, el rodillo cilíndrico, los carretes de la cinta entintada, la colocación ideal de ésta, el ordenamiento de las letras, la posibilidad indistinta del uso de las mayúsculas y minúsculas, hasta la puesta de un timbre para indicar el fin de la línea; todo necesitó del pensamiento creativo de los tecnólogos impulsados por la urgencia de las relaciones mercantiles.
Así, Christopher Sholes, en 1868, obtuvo la patente de cierto artefacto con condiciones ya para la escritura mecánica. Y en 1873, los ingenieros de la Remington and Son se lanzaron a la fabricación industrial.
El nombre del inventor Christopher pasó al olvido, mientras que, al escuchar el apellido Remington, se evoca al instante la máquina de escribir, y suena en el oído el famoso instrumental de Leroy Anderson, “Las mecanógrafas”, todavía escuchado en la radio.
Hasta 1878 sólo se ofrecía la posibilidad de las mayúsculas. El agregado de un juego de teclas y palancas que subían el carro permitía respetar la ortografía y escribir en minúsculas. Lo facilitó más la llegada de la tecla con las mayúsculas y minúsculas incluidas en las mismas líneas de la linotipia. Sólo en los años ochenta de ese siglo se hizo posible ver la línea en que se escribe.
Ya estaban creadas todas las condiciones. Y ante este teclado racional, con la adición de números y símbolos, sus usuarios se ejercitan y ganan en rapidez. Nació así una profesión que en el idioma español se recoge al principio como el arte de la dactilografía.
Germinaron las escuelas para su enseñanza. Se hicieron competencias de velocidad que han traspasado los siglos, como la efectuada en lengua inglesa, donde Bárbara Blackbur mantuvo 150 palabras por minuto durante casi una hora y en algún momento llegó a las 212. Dicen que la Underwood fue la propiciadora primaria de estas competencias.
A finales del Siglo XIX, sobre todo en los Estados Unidos, las mujeres se convertían en oficinistas poco a poco. Ya en 1910, dos millones de máquinas se asentaban en los buroes de sus estados.
Agosto de 2008

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