Luego de poner en la hornilla las dos cafeteras a las 5:30 de la mañana, Estrella Rodríguez, de 73 años, prepara los tamales que venderá al mediodía, tuesta el maní, adelanta la merienda de la nieta en edad preescolar, despierta a la familia y se marcha.

De compartir la vida laboral con la atención de cinco hijos y varios nietos le viene la costumbre de madrugar, que ahora aprovecha para llegar a las paradas de guagua (ómnibus) cuando la gente sale a trabajar y venderles a un peso cubano el vasito de café o el cucurucho de maní.

El resto del día se lo pasa en la entrada del edificio y, como sus productos han tomado fama en el barrio periférico Abel Santamaría, de la capital cubana, a las dos de la tarde está de regreso para preparar la comida y recoger a la nieta antes de que su madre regrese del hospital.

«Gano de 50 a 80 pesos diarios (entre dos y tres dólares), lo que ayuda a sostener mis gastos y la alimentación de la familia, porque mi jubilación de 200 pesos (ocho dólares) no alcanza», explica a SEMlac esta antigua obrera de manufacturas.

«El salario de la hija con que vivo, oftalmóloga del hospital Ameijeiras, queda para pagar las cuentas de los servicios y comprar lo que necesita la niña. A los demás hijos trato de ayudarles cuando tengo oportunidad, porque a ellos tampoco les alcanza el salario», asegura.

La jubilación laboral con la que Rodríguez pensó arribar a una vida más sosegada, ha implicado para ella nuevas responsabilidades domésticas y económicas, en un país donde las carencias afectan la vida cotidiana producto de una crisis sostenida por casi tres décadas.

Empleos con canas

Más de un millón 268.000 cubanas se encuentran en edad post-laboral (más de 57 años), según datos del último Censo de Población y Viviendas de 2012, realizado en el país de más de 11 millones de habitantes.

De ellas, 607.000 reciben retribuciones por retirarse del empleo, lo que representa el 36,2 por ciento del total de jubilados y pensionados en el país, refieren informes de 2013 del Instituto Nacional de Seguridad Social (Inass).

La psicóloga Teresa Orosa considera que las mujeres aceptan mejor la jubilación, cuya edad mínima ascendió con la nueva Ley de Seguridad Social de 2008 a 60 años para ellas y 65 para los hombres.

«Tienen mayor cultura del cambio y están más cercanas a las tareas domésticas, por lo que jubilarse no implica un regreso al hogar: nunca se han ido», expone a SEMlac la presidenta de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana, una iniciativa de superación gratuita para las persona en estas edades.

La pensión media de casi 260 pesos cubanos (11 dólares) resulta insuficiente para cubrir las necesidades básicas de estas mujeres, pese a la existencia de una canasta normada de alimentos para el consumo mínimo y varios programas de seguridad social dirigidos a personas ancianas.

El asunto se complejiza al ser Cuba una de las naciones más envejecidas del continente americano, con una tasa de 18,3 por ciento de personas con más de 60 años, más de un punto porcentual por encima de la población menor de 14, según el Censo de 2012.

Cálculos estadísticos estiman que en 2025 tendrá 60 años o más uno de cada cuatro habitantes de la isla caribeña, con tendencia a la feminización de las edades maduras debido al incremento sustancial de la viudez entre las mujeres.

Asignaciones culturales ubican a los hombres como proveedores de la familia y determinan que ellos se mantengan más tiempo trabajando o se reincorporen laboralmente en mayor número que las mujeres, coinciden expertos.

Por otra parte, existe un buen grupo de mujeres y hombres en edad de jubilación que mantienen su empleo.

De las 371.150 personas económicamente activas mayores de 60 en Cuba, 29, 3 por ciento son mujeres, concentradas fundamentalmente en el sector estatal (casi 95.000) y el trabajo por cuenta propia (más de 3.700), refleja el Censo de 2012.

Para las jubiladas quedan muchas veces las actividades menos  remuneradas. Foto: Raquel Pérez/ BBC Mundo«Aun cuando ha envejecido en preceptos machistas, la mujer mayor de hoy salió al mercado laboral y se hizo proveedora e independiente económicamente», reflexiona Orosa.

Desde la lista de discusión del proyecto comunicativo Mujeres Emprendedoras, de SEMlac, la experta también ha llamado la atención sobre los estigmas que pesan sobre las trabajadoras y las jefas mayores en empresas estatales.

«Lo que para los hombres mayores en casi todos los sectores laborales se reconoce como experiencia, para las mujeres mayores que siguen trabajando se vincula a paradigmas de una abuelidad compartida con el centro laboral», expresa la también presidenta de la Sección de Psicogerontología en la Sociedad Psicólogos de Cuba.

La capacidad profesional acumulada por las mujeres, junto al alto el índice de divorcio y de viudez al llegar a la vejez, son factores que motivan a las cubanas a continuar empleadas, pasada la edad establecida por la ley.

Para sumar ingresos y mantenerse ocupadas, muchas se dedican a la venta ambulante de alimentos, la realización de manualidades y artesanías, el cuidado de infantes y ancianos, las tareas domésticas remuneradas o se reincorporan como maestras, observa Orosa.

Algunas veces, estos resultan nuevos espacios de realización personal, como sucedió a la económica Idelina Cruz, de 69 años, quien recibió un curso de manualidades en la Casa de la Cultura del municipio habanero Plaza de la Revolución y comenzó a hacer carteras, collares y agarraderas de cocina para un artesano profesional.

«He descubierto una nueva vocación y puedo pasarme horas enteras cosiendo o inventando nuevos modelos con las semillas que compro y recolecto en los parques», cuenta la vecina del capitalino municipio Marianao.

«Así garantizo mi dinero sin preocupar a mi hija, que bastante tiene con mantener la casa y criar a dos hijos de 13 y 17 años con su trabajo de vendedora en un mercado agropecuario», asegura.

Las mujeres son mayoría entre las integrantes de las  Cátedras del Adulto Mayor. Foto: Raquel Pérez/ BBC MundoLas súper abuelas

«Independientemente de los achaques de la edad, la jubilada tiene fuerza y deseo de mantenerse activa y, si puede reincorporarse al trabajo, mejor», opina por su parte Arquelia Hernández Silva, de 75 años.

No obstante, la coordinadora de la Cátedra Universitaria del Adulto Mayor en el municipio habanero de 10 de Octubre advierte a SEMlac sobre la sobrecarga impuesta por las familias a las abuelas.

«Están esperando que una se dedique a cuidar los nietos, a hacer las tareas del hogar, buscar mandados. Aunque a veces no lo hacen de manera impositiva, mueven las emociones y terminamos dedicándoles todo el tiempo a los demás», asegura la activista comunitaria.

En una investigación realizada en 2012 entre mujeres vinculadas a esas Cátedras en la capital, la psicóloga Laura Sánchez encontró que sus entrevistadas se sentían más sobrecargadas en edad de jubilación que cuando trabajaban.

«Existe un trabajo invisible y no remunerado que la familia deposita en las abuelas y las hace renunciar a otros intereses y proyectos pensados para esta etapa de la vida», cuenta a SEMlac la profesora de la Universidad de La Habana.

A ello se suman temores específicos en las mujeres que transitan por esta etapa de la vida, como el miedo a quedarse solas, a no tener dinero, al deterioro físico y estético, a la rutina y a la inactividad, sostiene una monografía del médico cubano Gerardo Martínez Veitía, disponible en internet.

Al estudiar el proyecto de vida de jubiladas en la comunidad urbana de Placetas, en la central provincia Villa Clara, durante 2012, el investigador encontró que convivían en un panorama de poca participación social y estaban limitadas a actividades hogareñas.

El paradigma de mujer anciana en Cuba se basa en el sacrificio, e incluso es una etapa esperada por hijos e hijas para cederles responsabilidades en el cuidado de los nietos, sostienen estudios sociales.

Sin embargo, Orosa atestigua la inminencia de «abuelas y abuelos de nuevo tipo», portadores de proyectos propios, de nuevos motivos en su vida, de defensa de sus derechos ciudadanos, de sus espacios de realización personal, de disfrute sexual, de entretenimiento y protagonismo socio comunitario.

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