Hierba para los Reyes Magos

Había una vez en La Habana frío fuerte a principios del mes de enero, en aquellas fechas solapado todavía, en los desmanes visibles, este cambio climático que hizo sudar en diciembre de 2013 a los cubanos. A finales de la mitad del siglo XX, los pequeños vecinos del barrio de La Habana Vieja, incrustados entre los adoquines y las casas señoriales venidas a menos, buscaban hierba fresca para los camellos.

Por las traicioneras olas de la bahía, impulsadas por la ventolera provocada por el llamado frente frío en los boletines meteorológicos de la época, les prohibían acercarse a los parques cercanos al mar. Y a los dichosos camellos, animales consentidos por sus poseedores, los obligaban a exigir a los visitados la hierba fresca; no les gustaba la de papel pintado, colocada en los pesebres a los pies de los arbolitos de Navidad.

Si no la encontraban debajo de la cuna, cama o catre, aunque sí estuviera la carta de las peticiones y los zapatos -porque no aceptaban tampoco las chancletas-, cero regalos, aunque los pequeños obtuvieran el Beso de la Patria cada viernes en la escuela, no se enredaran a pescozones con los compañeros ni pellizcaran a las hermanitas.

Era una especie de preparación psicológica para que asumieran la ley general de cualquier sociedad con ganas de progreso: si no das primero, no recibes. Un original llamado a la responsabilidad y al esfuerzo individual.

Porque esos Magos aparecidos en el Evangelio de Mateo y todavía envueltos en la discusión de que si eran Magos o sabios, no creían en las cartas obligatorias en las cuales los niños pedían juguetes a cambio de sus actitudes ejemplares. Estaban claros los sabios magos. La cartita escrita en papel onion skin o bond, o de estraza, contendría mentirillas porque, antes y después, el papel y los mensajes de texto lo aguantan todo.

La tradición, apoyada principalmente en los evangelios apócrifos en lo referente a los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar para los dueños de los exigentes camellos, llegó al archipiélago caribeño por vía de la conquistadora España.

Entre los jolgorios dedicados a los santos patronos de las villas se colaba, poco a poco, refugiada primero en la celebración de la Epifanía cada 6 de enero.

Y en nombre del oro, el incienso y la mirra traídos desde el llamado Oriente y puestos a los pies del Niño Jesús, para la alegría de infantes, tenderos y padres pudientes, se trastocaba el sentido evangélico de la ofrenda: oro para el Mesías anunciado, incienso en su connotación espiritual y mirra para embalsamar al Dios humanizado.

En los hallazgos arqueológicos de las excavaciones en el Centro Histórico de La Habana se han encontrado diminutas figuras humanas y de animales talladas en madera.

Eran supuestos ensayos de juguetes para los primeros habitantes nacidos en la zona, sustituidos después por las muñecas de marfil, de cera o de trapo para las niñas pobres y los soldaditos de plomo para los varones porque las guerras jamás han dejado de ser malhadados ejemplos para imitar en juegos.

Para estos juegos de roles en que aprendían a crecer en los errados conceptos de las obligaciones de cada género, proliferaban estos juguetes, ya de pasta las muñecas, ya plásticos los soldaditos y las armas, cuando aquel invierno de finales de los cincuenta del siglo XX, niñas y varones buscaban la hierba fresca para depositarla la noche del 5 de enero a los pies de la cama o el catre.

Consolidada la tradición en la influencia del credo católico y apoyada por la versión gráfica de estos sabios magos que la integraban al ajiaco racial isleño. Gaspar, casi ario; Melchor, trigueño quemado por el sol y un Baltasar oscuro, quemado por los genes, se adaptaban a la imaginación infantil, libres en la elección del preciado donante de juguetes elegido en el encabezamiento de la carta, según el propio matiz de la epidermis del escriba.

Precedía a la carta, limpia de faltas de ortografía -asunto muy cuidado en esos lejanos años- un proceso de paseos por las calles de Obispo y de Galiano, donde se concentraban las mejores exposiciones de juguetes. Pegadas las naricitas a las vidrieras, los inquietos ojos dudaban en la elección.

De las madres, abuelas y tías, más sabias que los magos del Oriente, dependía inclinar la pre selección hacia aquellos ajustados al bolsillo de los compradores.

Se desviaban las inquietudes de las niñas enamoradas de la española muñeca Mariquita Pérez, de alto precio, hacia los bebés sin pelo brotado y de escasa movilidad en brazos y piernas. Y al varón, emocionado por la versión guerrerista del bombardero B29 de la aviación estadounidense, lo hacían fijarse en la pistola diminuta de carga de agua.

Eran días de largas caminatas e intercambios de criterios entre los pequeños, criados con máximo o mínimo respeto a un Papa Dios que, con mayor o menor fuerza, se nombraba según las creencias familiares, pero sí se hablaba de su existencia situada más allá de las nubes.

Y la leyenda de la visita de los magos regalones, superpuesta al nacimiento de Jesús, servía para fomento de la imaginación, esa imaginación que dispara el hambre de creatividad desde la infancia, y para la aceptación de un teorema abaratado por la realidad individual después: «a portarse bien para que la vida te recompense».

En la madrugada del 6 de enero se intercambiaban los papeles. Los niños despertaban primero que los padres. Según los dineros y la posición social de la familia, así se satisfacían las peticiones. Y los Reyes Magos eran bendecidos o se les sometía a juicio por incumplimiento.

Las abuelas, convertidas en abogadas de la defensa, encontraban las justificaciones que si no habían entendido la letra de la carta, que si no encontraron la tienda en la oscuridad, que si el camello estaba cojo y no podía con una carga pesada. A esas edades, es fácil elaborar la conformidad. Y pronto la alegría desbordaba las casas y se compartía con los amigos del barrio.

Para otros niños, los más pobres, los camellos dejaban juguetes que no tenían en cuenta los anhelos particulares. Los dejaban en organizaciones de la sociedad civil, las iglesias y familias cumplidoras de la solidaridad humana que servían de tramitadores.

Los Magos encontraban justificaciones en la inexistencia de las cartas porque la mayoría de aquellos niños no sabía escribir. A esos pequeños, el contacto diario con la tristeza les empolvaba el sueño con los Reyes Magos. Recibían los regalos en conformidad real o aparente. Estaban inoculados ya con el virus de las diferencias.

En aquel invierno frío, Mr. Santa Claus captaba en su llamativa vestimenta roja, el trineo y los renos, la atención de los infantes. Si significaba un día agregado para recibir regalos, los aceptaban con idéntica alegría a la de los comerciantes. Desconocían los misterios de esa tradición, pero la sabían trasladada de la tierra del pato y los sobrinitos de las tiras cómicas, de la maravillosa Blanca Nieves de los muñecos en movimiento vista en el cine del barrio junto a los episodios de Flash Gordon, que los iniciaban en la ciencia ficción.

La pelea entre Melchor, Gaspar y Baltasar con Mr. Santa Claus quedaba suspendida en Cuba por la obligatoria no presentación de ambas partes, dados los radicales cambios económicos y sociales ocurridos en el archipiélago a partir de 1959.

Y esta historia inconclusa servía para avivar los recuerdos en un caluroso invierno movido entre 2013 y 2014, cuando el cambio climático enseñaba las garras. Garras tan afiladas que, en el momento de la edición o lectura, pudiera provocar una voltereta y hacer bajar la temperatura más que en aquel enero de búsqueda de hierba fresca para los camellos de los Reyes Magos.

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