Familias y equidad en días de coronavirus

Por Mareelen Díaz Tenorio.

La pandemia se instala en países con diferencias y desigualdades sociales. Cuba no es una excepción, aunque cuenta con un sistema social de garantías y protecciones, aún más, a pesar de su situación económica desfavorable, cuenta con un sistema de salud cuya organización, programas y compromiso social ha demostrado logros incuestionables y un despliegue en función del bienestar de la población.No obstante, existen diferencias, desigualdades y vulnerabilidades. Cada vez más la ocurrencia de crisis económicas y desastres naturales conduce a colocar una mirada más aguda, más profunda para paliar o dar solución a las afectaciones de problemáticas concretas. Identificar vulnerabilidades a través del cruce de dimensiones de la equidad social, o sea desde una mirada interseccional (término proveniente del feminismo negro estadounidense), posibilita un entrenamiento en la detección de aquellas personas y familias con mayores desventajas. Algunas diferencias son solo eso, pero otras se convierten en desigualdades injustas. Se trata no solo de identificarlas, sino también de no reproducirlas con medidas o políticas.
En Cuba se han adoptado medidas especiales para la protección y prevención del contagio de personas mayores: pesquisas sanitarias con visitas a los hogares se intensifican en mayores de 60 años, se extienden horarios de los bancos para cobrar pensiones y jubilaciones o se les lleva a sus domicilios, en centros de trabajo se liberaron a quienes tienen estas edades con garantías de salarios, atención priorizada a centros que proveen de alimentos y traslado de éstos hacia los hogares, vigilancia epidemiológica en asilos, y otras.
La pandemia obligó al incremento de estas decisiones porque el virus afecta más a estas edades por sus sistemas inmunológicos más débiles y la concurrencia con más probabilidad de otras patologías que complejizan la recuperación. Téngase en cuenta también que se trata de una población envejecida, más del 20% con 60 años y más (Anuario Estadístico Cuba 2018, ONEI, Edición 2019, capítulo 3). La vulnerabilidad por la probabilidad de mayores afectaciones si hay contagio se sobredimensiona si se examinan otras variables que pueden ser concomitantes como mayores viviendo solos, con bajos recursos económicos, residentes en lugares apartados o la existencia de discapacidades.
Este ejemplo es válido para múltiples cruces de variables. Otra dimensión muy importante es el género. Hasta hoy, todas las investigaciones sobre el tema apuntan a la tendencia de la sobrecarga femenina en labores domésticas y de cuidado, con las consiguientes afectaciones para la salud y el bienestar de ellas. Esta es una desigualdad injusta. La impronta de estos tiempos de pandemia conlleva un incremento de tareas domésticas y de la complejidad para realizarlas; recae en ellas gran peso del funcionamiento familiar en condiciones adversas. Si se trata de mujeres con bajos ingresos, residiendo en viviendas con deterioro constructivo y/o viviendo solas con hijos e hijas menores, el panorama se torna muy difícil.
De algún modo (aún insuficiente) se ha advertido el peligro y, de hecho, las consecuencias negativas del posible incremento de la violencia de género hacia las mujeres en las circunstancias que impone la pandemia: quedarse en casa para protegerse. Estas mujeres, como toda la población, temen al contagio, pero también temen a la violencia que sobre ellas se ejerce, es “quedarse en casa con el maltratador”. Es la más grave de las desigualdades de género porque hay peligro para la vida. Implica rediseñar y ajustar los mecanismos disponibles. Todas las alternativas de ayuda por vía telefónica, email, redes vecinales, comunitarias y sociales, cumplen una función imprescindible aun cuando no puedan erradicar el problema. Un registro de las que logran pedir ayuda por estas vías pudiera contribuir a tomar conciencia del problema (también de salud) para quienes no se convencen de la gravedad y nefastas consecuencias familiares, a veces durante mucho tiempo.
Una familia con bajos ingresos conviviendo en condiciones de hacinamiento, enfrenta mayores dificultades para “quedarse en casa”.
Las diferencias territoriales constituyen prismas para enfrentar la pandemia, no solo por la incidencia del contagio, sino también por las condiciones de partida y recursos de todo tipo que tienen para enfrentarla. Entre las medidas de asistencia se incluyen el traslado hacia territorios más desfavorecidos personal de salud, medicamentos, alimentos, abasto de agua tan importante para la higienización entre otros.
No se examinan aquí todas las alertas y combinaciones posibles, pero valga el énfasis de la necesidad de análisis múltiples, integrados y participativos. La voz, capacidad de decisión y acción de las familias debe ser un componente indispensable.
Las miradas desde la interseccionalidad y sus prácticas se ponen en juego y se tensan ante adversidades como la actual pandemia. Más vale ejercerlas como práctica habitual, permanente, lo que permite mayor preparación para enfrentar las no poco frecuentes adversidades, como tornados, huracanes, sismos, epidemias y también colapsos económicos. Por supuesto el enfrentamiento desde esta mirada incluye las etapas de recuperación subsiguientes a estos eventos, pretendiendo mayor protección y justicia social para estas familias.
Según expertos la solución de una vacuna para prevenir el contagio de esta enfermedad tardará más de un año y suponiendo que todos los países puedan tener acceso a la misma. También se avizora que la enfermedad ya está en el planeta, se vuelve endémica. La ciencia avanzará en los modos más idóneos para enfrentarla y Cuba encuentra caminos como ya se ha visto. No creo que se pueda regresar a la anterior “normalidad”, sino a una nueva, que puede ser elegida.
En poco tiempo el país ha desplegado, activado y creado mecanismos destinados a proteger y mejorar el modo en que se vive. La lógica apunta a que estos aprendizajes, iniciativas, inventivas y aportes, no solo del gobierno sino de instituciones, grupos, familias y población en general formen parte de transformaciones que mejoren el futuro. Entre ellas la atención a vulnerabilidades desde una mirada interseccional de modo transversal en las políticas.
Algunos procesos iniciados dan cuenta de cambios que deben tender a perfeccionarse bajo el prisma de la equidad social como los adelantos en la informatización de la sociedad cubana; el acceso y utilización de la internet; el ofrecimiento de información oportuna y sistemática que permita crear conciencia crítica (enseñar y aprender a pensar con autonomía y conocimientos); la divulgación de opiniones y criterios de la población a través de redes sociales y su utilización por niveles de dirección pertinentes.
También avanzar en la meta de la soberanía alimentaria como valor esencial y primario de sobrevivencia; el ascenso en procesos de centralización municipal en el diagnóstico y enfrentamiento a problemáticas locales; el diseño e implementación de servicios de apoyo para el cumplimiento de sus funciones a la diversidad de familias existentes, con prioridad para las vulnerables y de menos recursos.
El redimensionamiento de las ciencias psicológicas y otorgamiento de su indiscutible valor enriqueciendo y fortaleciendo múltiples servicios de apoyo y orientación a lo largo de la isla; la creación de un sistema multidisciplinario e intersectorial integral para la atención y prevención de la violencia de género; el establecimiento de vínculos estructurales beneficiosos que conecten el trabajo por cuenta propia con énfasis en las alternativas cooperadas de producción solidaria y responsable, con necesidades sociales apremiantes; y otros procesos dirigidos a la distribución equitativa de las riquezas y resultados de producciones autóctonas.
Estos son algunos apuntes reflexivos que solo pueden ser acertados si se integran a la enriquecedora inteligencia colectiva, a la participación social, teniendo en cuenta que la experiencia vivida debe servir para repensarnos como país procurando cada vez mayores cuotas de equidad y justicia social.

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