Discapacitadas cercadas por el amor equivocado

Por Ilse Bulit

Desde hace unos días, mi amiga X está en Madrid. Vive en un estudio prestado por un músico colega. El miedo la embarga. Reconoce con las manos, sus manos de guitarrista, los utensilios de la cocina. Nunca ha freído un huevo ni lavado sus bragas. Sin embargo, en su patria, Cuba, asistió a una escuela especial para niños ciegos, estudió música, e integra un grupo dedicado al jazz.
Por medio de su computadora, con el programa de lector de pantalla, compone piezas, al igual que los demás. No piensa siquiera en incorporarse a la lista de los emigrantes ilegales. En La Habana dejó una casa medianamente confortable, un contrato laboral que, por lo menos, asegura lo indispensable. Quiere estar allí solo por un tiempo. El tiempo suficiente para romper la atadura al cordón umbilical de su madre, atadura extendida por sus 30 años de vida o, mejor dicho, de vida a medias. Mi amiga X es portadora del síndrome del amor equivocado, así lo designo después de conocer las experiencias de algunas discapacitadas, activas en la esfera cultural y educacional.
Aunque X dio el paso de la separación, se siente culpable. Si es difícil, a rastreo de bastón, tomar el Metro correcto en un país extraño; más difícil es pensar que le ha robado a la madre su razón de existencia, que es ella misma de pies a cabeza.
Porque piensa que a esta madre vidente,–como otras que por la llamada mala suerte disfrazada de error genético o accidente imprevisto recibió un bebé sin luz– se la ha sentenciado la condena perpetua de ser el aura protectora de una hija. Ella se lo repite inconscientemente: se convirtió en un apéndice de ese cuerpo por entonces juvenil, porque la responsabilidad y deberes obligados de la mujer-madre en la familia están delineados en este sentido.
Cuando demora la concepción del descendiente primero, el hombre culpa a la mujer. Cuando las circunstancias no propician la llegada de un hijo, la responsabilidad de evitarlo se le endilga a la mujer. Pues, si el envío llega con defectos, la mirada acusadora del porqué recae también en la mujer.
Por supuesto, hay parejas con triunfos anotados sobre estos moldes atávicos. Aún así, en su condición de recipiente y vía del desarrollo fetal, la pregunta silenciosa la atormentará y elucubrará en qué rigor del embarazo falló.
Estas madres abandonan sus profesiones, hasta cambian sus vocaciones, por cualquier puesto laboral cerca de sus hijos, o quedan confinadas totalmente a su atención, con descuido hasta de los otros descendientes. Contarán con el aplauso de los vecinos, serán tomadas como ejemplo de la madre sacrificada. El padre recibirá algunas críticas, pero pobre de la mujer que no cumpla, ante la mirada de los demás, con esta entrega máxima esperada.
Así se establece esta relación de amor equivocado, enfermizo; inclusive si el bebé es varón. Aquí también aparecen las diferencias sexistas. La madre, las posibles tías, hermanas, se ocuparán de todas las obligaciones de la vida diaria. Tratarán de sujetarlo, encerrarlo entre sus cuidados.
Septiembre de 2008

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