Danays recupera la libertad

Por Ilse Bulit / ilse@enet.cu

Le conocí la voz, algo aniñada, con que dice sus canciones. Danays Bautista, considerada en los resúmenes de algunos medios españoles como una de las noticias tristes de la primavera madrileña de 2010, visitó su tierra cubana. “La necesitaba”, me dijo. A nosotros, los ciegos, la patria nos toca como a los demás porque la atadura va más allá del lazo de los sentidos completos. Ella narra, sin dramatismo, aquel accidente en el Metro que le cercenó el brazo izquierdo y le produjo lesiones que, advierte su buen amigo el médico, molestarán toda la vida.
Imagino las imágenes que no vi, ni ella tampoco, pero que sintió con el agudo rango del dolor en los ciegos. La caída en la intersección entre los dos vagones en la estación Numancia, el grito del viajero que la vio y logró paralizar el metro con el freno de mano, los esfuerzos de los facultativos del hospital Gregorio Marañón para implantárselo, los dolores constantes en la mitad del cuerpo golpeado, el día de la confirmación de la amputación, las versiones manipuladas de la prensa sensacionalista y las preocupadas en marcar las responsabilidades en el  denominado accidente.
Eran escenas repasadas como si contara una historia ajena. Danays cierra el capítulo y abre la página de las esperanzas.
Practicante de la solidaridad humana, sí se emociona cuando habla del cariño del personal del hospital, donde todos la quieren; el respaldo dado por los músicos cubanos, españoles y de otras nacionalidades, los aplausos del público en los últimos conciertos.
A Madrid fueron la madre y la hermana en viaje auspiciado por el Ministerio de Cultura cubano. Junto a ellas regresó y por tres meses anduvo las desigualdades de las calles habaneras, abrazó a los amigos, saboreó los helados y el ambiente de jolgorio del café La Dominica, donde años atrás sonó su voz y su guitarra. Respiró La Habana de olores confusos, mojó las zapatillas en agua de cañerías rotas, rechazó su oído los gritos callejeros. Pero es su Habana que, a la semana, le hizo perder el dejo madrileño.
Ya partió de regreso. En España está el abogado representante en el reclamo de la indemnización y a los trances legales hay que seguirlos de cerca.  Además, Danays gozó la libertad de ser ella sin el cariñoso impedimento de una madre con hija discapacitada, negada por amor a libertarla.
En este espacio de crónicas periodísticas, el 7 de junio del pasado año relaté el accidente y la causa principal de la estancia en España. Quería y lo había conseguido, a solas con el bastón, descubrir el universo vedado para los discapacitados sobreprotegidos. A un joven ciego que la visitó en Madrid, ella le había advertido del peligro vigente en los Metros diseñados con una intersección entre los vagones.
Aquel material terminaba en el párrafo siguiente: “Le ha costado cara la independencia a Danays. El brazo amputado es lo visible de un drama mayor. Doblemente discapacitada, otra página en blanco en su futuro. Tiene derecho a encerrarse en el caracol. También, a subir al escenario y regalar y regalarse su dulce voz. Dejemos que repose su infortunio. Ella es la única dueña de sus discapacidades, sus capacidades y de sus nuevas decisiones».
Agrego hoy: en estos días Danays ofreció un nuevo concierto. En su hombro cuelga un equipo electrónico. Al teclearlo, suena como la guitarra perdida para siempre. Por las calles madrileñas se entrena para lograr el equilibrio y andar otra vez a solas, con el bastón y su valentía.

Marzo de 2011

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