Arte joven, tinta y piel

Risink es el nombre que le dieron a su estudio de tatuajes Amanda Santana Rizo, Claudia Moreno y Maylen Llanos Abreu, tres amigas que se conocieron en un grupo de chat de mujeres cubanas artistas. 

Para crecer como empresa, profesional y personalmente, las tres han recorrido seis meses de intenso aprendizaje y, ahora, con un poco más de experiencia, existe en ellas una ambición de conquista en su quehacer diario.

“Hace muchos años conocí a otras muchachas que tatuaban y pensé que sería buena idea hacer un estudio de mujeres tatuadoras, porque hasta ahora en Cuba no existía ninguno. Nos parecía novedosa la idea”, cuenta Amanda Santana cuando recuerda los inicios.

Luego, cuando crearon formalmente el proyecto, notaron que empezaron a captar la atención de la gente.

“Las personas nos escribían y felicitaban; en parte por el trabajo que hacíamos, pero sobre todo por ser mujeres fundadoras representando el tatuaje en Cuba”, explica.

Cerca de 20 personas componen el grupo de WhatsApp que fue vínculo inicial entre las tres emprendedoras. De esa plataforma, activa hasta el día de hoy, debía surgir un gran proyecto en común que hiciera partícipes a esta veintena de mujeres creadoras de diferentes áreas del arte, e incluso provincias distintas del país. El único resultado real fue Risink.

Maylen Llanos y Claudia Abreu, quienes mantienen una relación de pareja hace tres años, llevan una vida vinculada al estudio de las artes. Maylen es graduada de la Academia de Arte San Alejandro, mientras que Claudia cursa el cuarto año en la misma escuela.

“Luego de graduarme, estuve poco más de un año sin hacer nada, hasta que lo más asociado a mí que encontré, y que me reportara dinero, fue el tatuaje. Ya después me apasioné un poco más”, relata Maylén.

En tanto, Claudia asegura que, desde pequeña, siempre le atrajo y gustó mucho este tipo de arte corporal. “Sabía que en algún momento lo haría y cuando surgió el proyecto quise formar parte. Yo tatúo a muleta, no me gusta trabajar con máquinas”, precisa.

El técnica a muleta data de los orígenes de esta manifestación artística y se realiza con un palo y dos agujas, para lograr a mano el dibujo deseado.

Amanda, por su parte, siempre sintió inclinación por esta práctica, aunque su aprendizaje ha sido completamente autodidacta.

“Tenía ya bastantes tatuajes en mi cuerpo y por una relación que tuve con un tatuador de experiencia, con más de 25 años en el oficio, tuve más acceso a todos los materiales. Ya llevo seis años haciendo este trabajo”, confirma la joven.

“Cada vez son más las mujeres que tatúan, aunque son muy detestables algunas opiniones negativas que hemos escuchado al respecto. Eso solo me ha dado muchas más ganas y fuerzas para seguir adelante con el proyecto”, asegura Amanda.

Más allá de aprender a trabajar juntas, las tres integrantes de Risink han sabido organizarse en momentos en que la improvisación ha sido el medio propicio para hacer valer sus talentos. Cuando la adversidad de eventos cancelados las golpea –y ha sucedido más de una vez–, ellas saben enfrentar las circunstancias de la mejor manera que conocen: trabajando.

“Nos invitaron a participar en un evento que, al final, no sucedió. Nosotras ya estábamos listas, con todo preparado y, para no quedarnos con las ganas de tatuar, llamamos a otra amiga que tenía un bar en La Habana Vieja, llamado Color Café, y ahí fue donde hicimos juntas nuestra primera presentación. Todo quedó muy bonito y vimos que fluimos súper bien”, relata Amanda, con añoranza y satisfacción.

Claudia es tímida, pero se transforma al hablar de su vida artística. Además de hacer tatuajes a muleta, realiza performances relacionados con la mujer rural. Le interesa mucho el arte y también hace instalaciones, videos y pinturas. Sus temáticas más recurrentes abordan el sobrecumplimiento de las normas y los cánones establecidos por la sociedad, con una visión crítica.

“Tengo mucha inconformidad con las normas patriarcales y el machismo que se vive en Güira de Melena, el pueblo de donde yo soy; es más fuerte que en La Habana. Empecé a hacer performance, acciones relacionadas con ese tema, poniendo en cuestión esos patrones, cómo han trascendido y funcionan, si son realmente esquemas a seguir”, explica a SEMlac.

“Mis performances dependen del contexto. Para la gente a veces resulta muy raro, no entienden, pero igual sus reacciones me importan y me interesa captarlas”, expone Claudia cuando alude a sus intereses e inquietudes.

Existe en Cuba, de manera generalizada, un prejuicio dirigido notoriamente hacia mujeres tatuadas. La discriminación, desaprobación o segregación por esta causa puede suceder de manera solapada y no con hechos o acciones directas.

“Yo creo que en el mundo donde nos relacionamos es mayor la aceptación que los comentarios negativos. En la calle soy, para mucha gente, como un bicho raro, o no me hacen caso. El trato es distinto. A veces se me acercan las personas mayores y me comentan que les gusta”, expresa Claudia.

Amanda también ha vivido experiencias de ese tipo. “Antes de ser tatuadora, yo trabajaba en una pizzería. Una vez un señor mayor me dijo horrores, no entendía cómo el dueño del establecimiento permitía que yo manejara los alimentos con todos estos tatuajes…”, recuerda.

Los límites de la legalidad de esta actividad están bien establecidos, pues no existe un permiso o licencia que la avale. Es entonces en la práctica del arte donde muchos diseñadores, realizadores y tatuadores desarrollan su propia concepción para interpretar su manera de crear, llevando la tinta a la piel de las personas.

“Se hace muy complicado llevar este tipo de negocio en Cuba, más que todo por los problemas de licencia. Yo, por ejemplo, soy autodidacta, no tengo ningún carné que me avale o represente, ni como artista ni como nada. Soy madre soltera y si no pudiera tatuar, no sé qué haría”, explica Amanda.

Maylen dispone de un permiso como artista independiente, pero sin especificar el medio donde está trabajando. “Entiendo, por una parte, que una de las dificultades para legalizar la actividad se deba a que trabajamos con el cuerpo y la salud de las personas. Y es complicado legalizar algo que puede, en algún punto, ser dañino”, valora.

Hasta ahora la mayor dificultad que han presentado se relaciona con el espacio. La búsqueda de un lugar propio para trabajar y llevar a cabo su proyecto de manera plena –más allá de las fronteras del tatuaje– ha constituido una de las trabas fundamentales para la evolución de sus propósitos originales.

En opinión de Maylen, “es complicado alquilar un lugar donde podamos tatuar y llevar adelante proyectos en la comunidad. Nuestro interés mayor es hacer todas las actividades, incluidas las clases a niñas y niños, y en ese proceso entraría el tatuaje como parte del arte”.

“En las exposiciones nos gustaría hacer tatuajes en vivo, dialogar con jóvenes, dar charlas…”, apunta Amanda.

Y mientras todo trascurre, ellas siguen rompiendo estereotipos como mujeres tatuadas, creativas y emprendedoras, con su arte de tinta y piel.

 

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