Yandi quiere vivir

 

Como dentro de un globo. Así se sentía Yandi Alberto Betancourt cuando fue diagnosticado como seropositivo al VIH/sida, en 2004, tras pasar varios meses hospitalizado por una enfermedad que costó trabajo diagnosticar.

Nacido en Gibara, la llamada Villa Blanca de la oriental provincia de Holguín, este cubano, hoy con 26 años y residente en la central Ciego de Ávila, estudiaba entonces el cuarto curso de Ingeniería Mecánica, en el Instituto Técnico Militar osé Martí de la capital cubana. La noticia cambió su vida en muchos sentidos.

«Un día, en febrero de 2004, comencé a tener fiebre alta y malestar general. Me hospitalizaron y costó trabajo determinar qué tenía», contó Betancourt a SEMlac.

 

 

 

 

 Los médicos manejaron varias posibilidades; incluso se habló de leucemia, de un linfoma, hasta que en abril los resultados de la prueba Elisa determinaron que era seropositivo al VIH/sida.

 

«Me tomó por sorpresa, me sentía tan extraño que no lo puedo explicar con claridad. Un día antes de saber los resultados, el personal médico se reunió con mi familia y me preguntaron si yo pensaba que podía tener VIH/sida. Yo aseguraba que no.»

 ¿Por qué tenías esa certeza?

«Recuerdo que, cuando era más pequeño, por mi casa, en Gibara, vivía una pareja de personas seropositivas. Estábamos a fines de la primaria o en la secundaria y, cuando pasábamos, le decíamos ‘la casa del sida’».

 

«Desde entonces, yo veía esa enfermedad como algo que a mí no me iba a pasar. Tenía comportamientos de riesgo, no usaba preservativo, pero no lo veía como posible.

¿Y en tantos meses desde que ingresaste no te habían hecho las pruebas del VIH?

 

«Me las hicieron desde el mismo momento en que ingresé, pero daban negativas. Al parecer, estaba en el llamado período de ventana. También tenía una bacteria, una salmonella, y por eso el cuadro se veía tan complicado».

¿Cómo lo recibió tu familia?

«Fue muy difícil; mi mamá había venido desde Holguín y se mantuvo conmigo durante todo el tiempo que estuve ingresado. No lo aceptaba. Decía que los médicos se habían equivocado, que habían confundido las muestras.

«No sentí rechazo ni de ella, ni del resto de la familia. Sí mucha sobreprotección. Cuando regresé a la casa, ocultaban el diagnóstico a quienes llegaban de visita. Yo también lo hacía. Todavía hoy, como me ven físicamente bien, a veces piensan que no tengo nada».

La primera decisión de Betancourt, tras asimilar la noticia de su seropositividad, fue dejar la carrera.

«Yo no deseaba ir a la escuela para nada. Se me explicó que podía continuar la ingeniería por la vía civil en la Universidad de Holguín, pero tampoco me atraía esa opción y decidí cambiar de especialidad.

 

Por una gestión de la Unión de Jóvenes Comunistas ingresé en una sede universitaria municipal para estudiar Psicología.  

 

 

Te fuiste de Gibara, y más tarde, de Holguín…

 

«La vida lo determinó así. En 2006 me incorporé a trabajar como promotor de VIH/sida en Gibara. De ahí, pasé a coordinar uno de los proyectos de prevención en el municipio de Holguín. Luego conocí a una persona y me mudé para Ciego de Ávila».

 

Giros

Al cierre de 2008, en Cuba se habían diagnosticado unos 10.655 seropositivos al VIH desde que se detectó el primer caso, en 1986.

Actualmente, 80 por ciento de los infectados son hombres y, de ellos, cerca de 86 por ciento son hombres que tienen sexo con otros hombres (HSH).

La confirmación de haberse infectado por el VIH significó para Betancourt, además, la definición de un dilema íntimo que, después de resuelto, lo ubicó dentro de ese grupo mayoritario de HSH cubanos, seropositivos al VIH.

«Cuando era adolescente, mantenía el comportamiento sexual que deseaba mi familia, lo que era reconocido como ‘normal’ en el medio donde vivía. Incluso, cuando terminé noveno grado entré a la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Holguín, porque era eso lo que quería. Me lo propuse y entré», relata.

«Por supuesto, las características de este centro, de corte militar, influyeron mucho en que mantuviera ese comportamiento.»

Por aquella época, el entonces adolescente nunca tuvo relaciones con otros hombres. Sus primeras experiencias coinciden con los años de estudiante universitario en La Habana.

 

«Tenía las relaciones fuera de la escuela. Incluso, lo veía como algo malo, lo rechazaba. Era un dilema, me decía: ‘lo hice, pero no lo voy a hacer más, me prometo que no me va a volver a pasar’. Vivía con esa lucha interna», recuerda.

 

Paralelamente, Betancourt tenía novias y con ellas funcionaban bien las cosas, pero siempre estaba «esa atracción, esa cosa que va un poquito más allá». Entonces volvía a suceder.

«Muchas veces llegaba tarde al dormitorio, me bañaba, me cepillaba, porque me sentía sucio. Tuve momentos de correr, de huir del lugar donde estaba porque me sentía mal con lo que había hecho», prosigue.

 

«Incluso, nunca lograron determinar exactamente cuál fue mi vía de infección, porque al reconstruir mi cadena de relaciones solo confesé relaciones heterosexuales, con mujeres».

 ¿El diagnóstico de seropositividad te removió el piso…?

«Sí. Después de eso dije ‘hasta aquí’. Yo mismo hice comparaciones de qué era lo que me gustaba en realidad y tomé mi decisión. Entonces sí tuve problemas con la familia. Los tengo todavía. Menos a mi mamá, yo no le he contado de mi orientación homosexual al resto de ellos. Pero hay cosas que no es necesario decirlas.

 

«Cuando se lo dije a mi mamá, fue muy triste. No había forma de que lo aceptara, lloraba mucho, se puso mal de salud. Hoy día no me rechaza, pero yo me siento excluido. Ella me quiere tener allí con ella, cuidarme, pero a mí nada más. Y yo la necesito, pero también necesito a mi pareja.»!

 ¿Te has sentido rechazado, discriminado, en otros espacios?

«No recuerdo algo que me haya hecho sentir particularmente dañado. Nunca he tenido problemas con mis compañeros de estudio; y tengo buenos amigos heterosexuales, que conocen de mi orientación sexual.»

Betancourt, actualmente coordinador del Proyecto HSH del municipio de Ciego de Ávila y a cargo de servicios de consejería, asegura que ya nunca tiene relaciones sexuales sin protección

«Pero el hecho de que uno empiece a trabajar en la prevención no significa que inmediatamente asuma a conciencia esa responsabilidad. El cambio no se logra de un día para otro; llega con el tiempo, la información… A mí al principio hasta me molestaba el preservativo», confiesa.

 

«Pero la protección es imprescindible. Cuando he tenido relaciones con parejas serodiscordantes, siempre me adelanto a proponer el uso del condón. Es un problema de responsabilidad. Pero también con otros seropositivos, porque si no me protejo con una persona que tiene VIH me puedo reinfestar, contraer otra ITS o hacer resistencia a la terapia antirretroviral. Y yo quiero seguir viviendo.»

 

 ¿Has sacado alguna lección de una vida tan corta y tan llena de accidentes?

«No me gusta poner el VIH/sida por delante de lo que soy. Si pudiese retroceder en el tiempo, no quisiera ser seropositivo. El virus no me aporta, me resta. Pero el haber aprendido a enfrentar la vida, a valorar lo que hago, lo que siento, a decidir…, eso no lo cambiaría.»

 ¿Cómo ves la muerte?

«Yo no me veo muriendo de VIH/sida. Esta es una idea que tengo incorporada desde el inicio mismo del diagnóstico. La muerte está ahí para todas las personas, las sanas y las enfermas. Pero no sabemos cuándo, cómo o por qué nos vamos a morir. Cuando fallece una persona con VIH/sida, me marca; pero no permito que me afecte, porque no tiene que ser ese el modo en vaya a morir», subraya.

Agosto de 2009

 

 

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