Hace unos días, Ada Colau anunciaba que dejaba la red social Twitter. Con cerca de un millón de seguidores, la alcaldesa de Barcelona explicaba algunos de los motivos. “A mí que me critiquen, me pregunten o me discutan no solo no me molesta, sino que lo acepto y me gusta. La política es diálogo y debate, y gracias al intercambio de informaciones y opiniones podemos mejorar. Cuando empezó Twitter, tenía mucho de eso. Por desgracia, en los últimos años es sabido por todos que la red se ha llenado de perfiles falsos y anónimos que intoxican e incitan al odio. Muchos de ellos incluso comprados con dinero (bots) por la extrema derecha”. A todo ello, añadió pasados unos días que “se han normalizado los insultos, las amenazas y el acoso a las mujeres que hacemos política”.

Me atrevería a decir que esta violencia se ejecuta no solo contra las mujeres que hacen política, sino contra las comunicadoras o a las mujeres con poder para generar opinión pública. Días después de la marcha de Colau, era la periodista y escritora Cristina Fallarás quien abandonaba la red social, no sin antes publicar un artículo explicando los motivos que la llevaban a ello. “Twitter ya no sirve, de hecho, ya no se puede utilizar como herramienta comunicativa. Es otra cosa. Yo ahora no podría hacer la memoria colectiva de #Cuéntalo porque primero, las mujeres no tendrían la soltura para entrar y contarlo y segundo, al cabo de diez segundos habría muchos más hombres que mujeres haciendo burla y esparciendo basura. El mensaje sería penetrado por la ultraderecha y por el machismo”, explica Fallarás. Las mujeres que trabajamos en cualquier ámbito que nos sitúa en el plano de lo público nos enfrentamos no solo a críticas feroces sino que, lejos de lo público, en el mundo digital, también estamos sufriendo violencias machistas.

Ante el éxito del movimiento feminista de los últimos años, cabía esperar una respuesta de quienes se resisten al cambio y a la conquista de derechos por parte de las mujeres. Pero nunca pensé que la respuesta sería tan violenta y, al mismo tiempo, quedara impune. El anonimato y la virtualidad hacen que quien insulta y amenaza goce de total libertad para hacerlo sin apenas consecuencias, lo que lo hace tan peligroso y complejo. Tal y como cuenta June Fernández en un texto, las violencias online no son solo virtuales, allanan el terreno de la violencia física. Así ha sido sin ir más lejos con Irantzu Varela, a la que un vecino le propinó cuatro puñetazos entre insultos lesbófobos y machistas.

Hace unos años, Andrea Momoitio y yo escribíamos un artículo en el que denunciábamos ya estas violencias. Ambas, junto con otras feministas de la red social, habíamos recibido amenazas acompañadas de fotografías con cuerpos mutilados, mujeres asesinadas y con ellas aseguraban que ese iba a ser nuestro destino. En mi caso llegué a poner una denuncia con las compañeras de Red Jurídica, pero nunca se pudo dar con el paradero de esa persona a la que denunciaba. Siempre nos quedó la duda de quiénes eran esas mujeres que había en esas fotografías, y quién era su maltratador o asesino.

Las colaboradoras de esta revista junto con varios colectivos feministas presentaron en el Congreso un informe sobre las ciberviolencias machistas que sufren las mujeres en internet. Laia Serra analizó los casos de violencia machista e incluyó recomendaciones al Gobierno para que sancione este tipo de violencia. Además del informe, la abogada feminista realizó una serie de recomendaciones fueron registradas, en diciembre de 2018, en el Congreso, junto con Pikara Magazine, Calala y FrontLine Defenders, para exigir responsabilidades y respuestas institucionales.

El pasado mes de septiembre, Rasha Abdul Rahim, codirectora de Amnesty Tech, la rama tecnológica de la oenegé Amnistía Internacional, criticó a Twitter no hacer “lo suficiente” para frenar la violencia contra las mujeres en su plataforma. “A pesar de algunos progresos, Twitter no hace lo suficiente para proteger a las mujeres que usan la red, por lo que muchas de sus usuarias se silencian o autocensuran”, afirmó Rahim. “Los persistentes abusos que sufren muchas mujeres en la plataforma menoscaban su derecho a expresarse en condiciones de igualdad y libertad y sin temor”, explicaron desde Amnistía.

Todas las mujeres que ponemos nuestra voz y nuestra cara para defender el feminismo y luchar contra el terrorismo machista recibimos a diario insultos, amenazas, acoso… Esa normalización del fascismo, del odio, de la intolerancia y del ruido está teniendo consecuencias muy negativas para el colectivo feminista y especialmente para las mujeres y figuras más visibles, con más número de seguidores y más impacto en redes. Saben que esta forma de atacarnos es una manera de querer invisibilizarnos y de tenernos calladas. El auge de la extrema derecha y los discursos de odio que también gozan de impunidad en nuestro país allanan el terreno para lo que viene después, violencia hacia las feministas y hacia las personas LGTBQI+ en las redes y en las calles.

Se está dejando pasar y normalizando de manera muy peligrosa para la sociedad este tipo de violencias. Es necesario que se legisle y se persigan de manera urgente, porque a pesar de ser virtual, no deja de ser violencia machista. Por muy anónima y digital que sea esa violencia es real y ya existe el término de violencia de género digital; entonces, ¿por qué no se persigue y se actúa en consecuencia? Me atrevería a decir que estamos cansadas de aguantar tanto odio y acoso en nuestras vidas y lo peor de todo, normalizar como se normalizaron en el pasado otro tipo de violencias machistas.

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