¿El tercer género?

Tras años de estudio de la homosexualidad como una variante sexual que define la vida de muchas personas en el mundo, la sicóloga cubana Alnaid Maqueira piensa que es hora de hablar de «un tercer o cuarto género».

«La actual división genérica parte de que ser hombre o ser mujer es ser heterosexual. Si identidad es lo que nos define y lo que nos diferencia, hay que preguntarse qué es ser hombre gay y qué es ser mujer lesbiana», afirmó la experta.

«Si algún grupo tiene crisis de identidad es el homosexual, pues está reclamando construir la propia y que ésta sea aceptada», dijo Maqueira, quien trabaja en un centro comunitario de salud mental en la capital de Cuba.

Autora de la investigación «Más allá del género: seis historias de la familia contracultural», la especialista estima que las familias de gays y lesbianas viven serias crisis de identidad y optan por autoaislarse frente al rechazo social.

Maqueira llegó a sus conclusiones luego de una amplia búsqueda bibliográfica y del estudio a través del método de entrevistas y observación de seis familias homosexuales cubanas, tres masculinas y tres femeninas.

La familia homosexual fue definida como una pareja formada por personas de un mismo sexo, que viven juntas, comparten un presupuesto común de gastos y un proyecto a largo plazo que incluye responsabilidad, estabilidad y compromiso mutuo.

Para la sicóloga, la convivencia en pareja puede considerarse en estos casos como «la señal más definitiva de que se es homosexual», o de que estas personas han decidido llevar una vida coherente con su orientación sexual.

«Sin embargo, no siempre quienes inician una relación de pareja homosexual, más o menos estable, tienen bien incorporada su identidad gay», estima.

En Cuba «hemos trabajado mucho la perspectiva de género femenina y masculina, así como las asignaciones culturales opresivas a uno u otro», pero, «poco sabemos de la identidad homosexual», opinó en tanto la sicóloga Patricia Arés.

La investigación de Maqueira detectó una gran «diversidad estructural y funcional» en las familias estudiadas, pero también tendencias comunes a todas las parejas vinculadas a la construcción social de los géneros femenino y masculino.

Entre los mayores «determinantes negativos» para las parejas homosexuales, la especialista enumeró la ausencia de un modelo propio frente al heterosexual dominante, el rechazo social y los estereotipos que les acosan como «el mito de la promiscuidad».

Mencionó, además, «la falta de reconocimiento legal y el poco o nulo apoyo que reciben por parte de sus familias de origen, quienes no los perciben como una unidad de funcionamiento y, por ende, no respetan el espacio propio de la pareja».

«Si solo tenemos el modelo sexual heterocentrado (pautas de relaciones tanto íntimas como sociales entre hombres y mujeres) como única referencia, lo extendemos incluso a las relaciones homosexuales», afirma el texto inédito al que tuvo acceso SEM.

Así, es común encontrar parejas de gays y lesbianas que se dividen en un miembro activo y otro pasivo, reproduciendo el papel tradicional y estereotipado que se asigna al hombre y a la mujer en la construcción social del género.

Esta división de roles lleva, por otra parte, a que uno de los miembros de la pareja asuma «conductas y actitudes propias del sexo opuesto», con las que «consciente o inconscientemente siente incomodidad».

Asimismo, la reproducción del único modelo de pareja disponible hace que la jerarquía y responsabilidad de la familia recaiga en la persona de mayor edad, nivel cultural o poder económico, que viene a desempeñar el rol tradicional del hombre.

De tal suerte, afirma la investigadora, «el establecimiento de roles conyugales tradicionales» conduce a un «mayor o menor ejercicio del machismo, en dependencia de la apropiación del modelo cultural que hagan ambos cónyuges».

Por supuesto, como ocurre también entre las familias heterosexuales, se encontraron casos en los que la relación se establece desde pautas más equitativas, rompiendo con los esquemas preestablecidos para la vida en pareja.

Para Maqueira, la construcción de una identidad gay debe pasar por la comprensión de que «la sexualidad de hombre a hombre o de mujer a mujer, no tiene obligatoriamente que reproducir a la de hombre-mujer».

«Sentirse atraído por una persona del mismo sexo no implica que se deban adoptar los comportamientos asignados al género contrario», asegura.

En cualquier caso, la educación diferenciada que siguen recibiendo niñas y niños de acuerdo a los roles culturalmente asignados, parece definir a la larga una de las más marcadas diferencias entre las familias homosexuales.

«Las uniones lésbicas expresan una mayor centralización en el afecto, hacen mayor hincapié en las expresiones de ternura, siendo preponderantes la oralidad del afecto y la comunicación analógica y digital como vías para transmitirlo», observó Maqueira.

En tanto, las parejas de gays «aparecen más centradas en la práctica sexual, en el goce de la genitalidad y menos enfocadas en la transmisión del afecto».

Como elemento común a todas las parejas estudiadas, la investigadora señaló los conflictos con al menos una de las familias de origen y la tendencia al aislamiento del medio social como mecanismo de defensa ante un entorno social homofóbico.

Este proceso trae consigo una limitación de los intercambios externos al ámbito laboral y a la satisfacción de las necesidades básicas, sin que la comunicación con la mayoría de las personas más cercanas trascienda el ámbito formal.

La investigación agrega que estas parejas «se centran en sí mismas, al punto de aparecer muchas veces como una fusión que atenta contra el despliegue de las identidades individuales» y se abren como norma sólo a personas de su misma orientación social.

Marzo de 2003

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