Cinco adolescentes que no son amigas, ni tienen siquiera muchas cosas en común, acompañan a una sexta durante un viaje en autobús. Todas se sientan en la última fila y se dan la mano, sonríen. La del centro, a quien apoyan, también llora. El episodio termina y a mí, que solo miraba la serie para pasar el rato, se me salen las lágrimas. Porque el capítulo siete de la segunda temporada de Sex Education retrata perfectamente de qué va la sororidad. Y conmueve.

Durante varios episodios de la ficción británica, Aimee, uno de los personajes secundarios, lidia con las consecuencias de la violencia de género. Durante un recorrido en autobús para llegar al instituto, un hombre se masturbó y eyaculó sobre ella. Como víctima de abuso, trata de minimizar el ataque, se culpa a sí misma, llora, sufre ataques de pánico, imagina al acosador en todas partes, cambia su apariencia para resultar menos atractiva, altera sus rutinas y es incapaz de subir al bus.

Tras semanas así, es enviada a detención junto a otras cinco estudiantes. Alguien escribió un mensaje sexista en contra de una profesora y ellas son las principales sospechosas. Durante el castigo, la maestra les da una tarea: encontrar qué tienen en común. Pero las chicas no se parecen en nada, algunas llevan varios episodios enfrentadas. Se ignoran, discuten, no se ponen de acuerdo… hasta que Aimee empieza a llorar.

Les cuenta sobre el ataque y lo que le sucede desde entonces. “¿No puedes subir porque piensas que ese hombre estará ahí?”, le preguntan. “No. Es que tenía un rostro muy amable. Lo recuerdo porque me sonrió y no parecía un asesino, psicópata, masturbador… Entonces, si él pudo hacer algo así, cualquiera podría. Siempre me sentí segura antes y ahora no. Quizás suena estúpido”, dice.

Todas se identifican. En un diálogo doloroso, relatan sus experiencias de acoso. “Creían que mi cuerpo era de ellos”, dice una. “Sí, como si fuera propiedad pública”, concluye otra.  Por primera vez, comparten sus miedos con otras mujeres, se reconocen las unas en las otras.  Antes de salir del castigo, la profesora pregunta: “¿qué tienen en común?”. La respuesta: “aparte de los penes no consensuales, señorita, no mucho”.

Un par de escenas después todas esperan a Aimee en la parada del autobús. Vienen a hacerle compañía; ella logra subir. El viaje se convierte en una metáfora perfecta de la sororidad. Porque en los próximos episodios cada una seguirá su propia trama, no se volverán amigas inseparables, algunas continuarán siendo rivales; pero ese día dejan de lado sus diferencias y hacen frente común ante la amenaza, ante el patriarcado.

Por si no fuera suficiente, la tercera temporada de la serie -recién estrenada- retoma los traumas de Aimee. Meses después, continúa autoculpándose y es incapaz de mantener relaciones sexuales con su pareja. Jean Milburne, terapeuta y madre del adolescente protagonista, le dice: “Lo que ese hombre te hizo no tiene que ver con tu sonrisa o tu personalidad, solo tiene que ver con él. Y de ninguna manera es tu culpa.” Es tajante, para que no queden dudas, ni a ella ni a quienes estamos frente a la pantalla.

Esa y otro par de tramas cambian necesariamente la percepción en torno a lo que podría parecer otra ficción sobre jóvenes en el instituto. Tras entender la historia de Aimee, tras el viaje de todas en el autobús, una confirma que Sex Education es una serie distinta. Con un leitmotiv permanente, la sexualidad en la adolescencia, pone más de un tema polémico en agenda y deja consejos vitales. Mientras, consigue que riamos, lloremos y nos identifiquemos. Por lo que nos cuenta sobre sexo, por su multitud de relatos, porque remarca el choque cultural y las diferencias de clases en una Inglaterra ya no tan perfecta.

El audiovisual, como muchos otros, recurre a intrigas para mantener el interés, pero nunca olvida que lo importante son los personajes. Nada pasa porque sí, todos tienen una historia detrás, nadie es completamente bueno o malo. Además, su realización, la banda sonora y la fotografía enamoran. Está hecho para disfrutar, pero también para pensar.

Su creadora y guionista, Laurie Nunn, apuesta por mostrar con franqueza el despertar sexual, los problemas que experimentan los adolescentes durante su camino hacia la adultez. Poliamor, fetiches, rupturas, reconciliaciones, aborto, aceptación propia, acoso, infidelidad, autoexploración, identidad, métodos anticonceptivos, micromachismos, LGTBIQfobia… Sus tres temporadas no temen abordar asuntos candentes y dejan lecciones de sexualidad, de cómo mantener relaciones sanas.

Sex Education se burla de sí misma y de todos esos clichés a los que nos han acostumbrado las historias sobre adolescentes. Probablemente por ello es mucho más que lo habitual: naturaliza la diversidad en todos los sentidos y llama a cuestionar las realidades. Al fin y al cabo, allí nadie encaja; pero todos terminan haciéndolo.

No es casual que “la chica mala” del instituto sea feminista y muy inteligente; que “los populares” sean una descendiente india, un gay con carácter y una muchacha pobre con un padre enfermo; que el delegado estudiantil y deportista de élite sea negro e hijo de madres lesbianas; que la muchacha nerd, fan de las historias eróticas con extraterrestres, coordine las presentaciones artísticas del colegio.

Incluso, por momentos, lo menos destacable de la serie es Otis, su protagonista, y las idas y venidas de su relación amorosa con Maeve. Otis a veces es mal novio, mal hijo, mal hermanastro, mal amigo, aunque su amistad con Eric, un joven negro y gay, sea una de las relaciones más hermosas que nos haya dejado la televisión moderna.

Solo al final de la tercera temporada, después de que su madre casi muere tras un parto, Otis admite que ha sido una persona horrible. Y al menos por ahora, sus seres queridos lo perdonan; el guion y nosotros, también. Porque no, los adolescentes no son perfectos.

Y la serie lo sabe, insiste en ello. En ningún momento lo confirma como el héroe. Otis no es el clásico adolescente popular, no tiene una vida perfectamente estructurada. Es el patético perdedor que resulta agradable y que -eso sí- ofrece junto a Maeve, más de un consejo de los que nos hicieron falta cuando andábamos por el preuniversitario.

Aunque -vale recalcar- varios han criticado que la serie legitime terapias ofrecidas por no profesionales, este par de adolescentes hablan de relaciones sexuales respetuosas, de conocer el cuerpo propio, de no cambiar por los otros, de no dejarse llevar por las presiones grupales, de estar abiertos a todas las posibilidades.

Pero más allá de ellos, Sex Education se reinventa en cada episodio; es mucho más que una historia lineal. No solo presenta personajes secundarios para los casos sexuales episódicos, sino que los desarrolla y relaciona entre sí. Desde el romance de Eric con Adam, que nos obliga a analizar los conflictos que implica la relación entre un acosador y su víctima; hasta los desafíos de Cal, un adolescente con identidad de género no binaria, que no encaja en el uniforme, las normas y los prejuicios de un esquema escolar incapaz de ver más allá de lo tradicional. Porque la serie de Netflix nunca llega a convertirse en una clase de sexualidad, pero sí es una reivindicación de lo que deberíamos aprender en ellas

La educación sexual -y la necesidad de incluirla dentro de los planes escolares- es tan protagonista de la serie como sus personajes. Aunque la tercera temporada abandonó la premisa del consultorio sexual de Otis y Maeve, el debate sobre cómo se debe asesorar a los adolescentes sigue ahí. No por gusto el principal conflicto de la nueva entrega pasa por una directora que intenta imponer disciplina rechazando la diversidad de sus estudiantes.

Hope Haddon, aparentemente joven y moderna pero profundamente conservadora, propone un programa de educación sexual que acude a clichés, es machista y homófobo. Los estudiantes ya no solo tienen que lidiar con sus problemas personales, sino también con una progresiva pérdida de libertades, una oleada de peligroso puritanismo y la terrible falta de información sobre temas fundamentales. Como es de esperar, no aceptan la situación sin dar guerra. El momento de rebelión, de alianzas más allá de las diferencias, es hermoso.

La ficción británica insiste otra vez en la necesidad de que los adolescentes estén bien informados sobre el placer y el deseo, para que puedan tomar decisiones inteligentes.  Las premisas son reveladoras: el sexo no tiene por qué ser aterrador, más bien lo contrario. Maeve lo deja claro. «Deberías estar enseñándonos cómo hacerlo de forma segura, no decirnos que nos replanteemos lo de ser sexualmente activos, porque eso no va a funcionar».

Pero, sobre todo, Sex Education deja muy pocos estereotipos y prejuicios sin derrumbar. Las escenas de Eric bailando con maquillaje, feliz de ser quien es; de Aimee regalando magdalenas con diversas formas de vulvas “porque todas son hermosas”; de las otras chicas acompañándola en el autobús; de Maeve teniendo un momento de sensualidad con Isaac, sin que su discapacidad se convierta en tabú, por solo poner algunos ejemplos, lo demuestran.

Y justo en esos momentos confirma su valor: cuando muestra las mil y una tormentas de la adolescencia, cuando encuentra la belleza en la diversidad, cuando se pronuncia en contra de la violencia, cuando retrata la sororidad.

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