Un aprendizaje desigual del amor

El aprendizaje que hemos tenido con respecto al amor no es neutro ni neutral. En el contexto heteropatriarcal capitalista occidental, no nos enseñan igual qué significa amar y ser amadas si nos socializan como hombres o como mujeres.

Las personas socializadas como mujeres hemos sido educadas para colocar el amor como lo central de nuestras vidas convirtiéndonos en las principales sostenedoras de los vínculos. Esto promueve que nos sintamos responsables de resolver todo lo relacionado con la vida cotidiana y relacional. Se nos socializa para potenciar nuestra capacidad de cuidado y para poner las necesidades de las demás personas por encima de las nuestras. Tenemos que “ser para otras”. Somos educadas en una cultura emocional que “nos permite” ser empáticas y generosas, entregadas y receptivas, capaces de ayudar a otras personas a cambiar y mejorar, así como para ser amables y amorosas, incluso cuando nos hacen daño. Aprendemos a no molestar, sobre todo a los hombres, a los que nos enseñan a respetar, admirar y reconocer, y a cargarnos de culpa cuando no cumplimos con las expectativas. Además, se nos otorga la intuición como método de conocimiento de la realidad. Y en cuanto a la seducción y al deseo, se nos dice que debemos darnos a desear (no se nos considera sujetos deseantes) y que tenemos que estar siempre guapas, perfectas y disponibles.
Las personas socializadas como hombres no aprenden que el amor es lo central en su vida ni se les potencia la capacidad de cuidado, al contrario, se les enseña a dejarse cuidar y a saberse merecedores del amor. En su caso, “ser para sí”. Se les educa en la necesidad de ser autosuficientes y protagonistas: importantes, superiores, competitivos, proveedores, admirados, exitosos, independientes. Son socializados para ser agresivos, decididos, enfrentar riesgos y ocultar sus emociones, ser impasibles. Esto fomenta un analfabetismo emocional, que les dificulta no solo expresar sus emociones, sino también reconocerlas, y cuya consecuencia más dramática, por su relación directa con la violencia, es la falta de conexión con el dolor ajeno, la falta de compasión. Además, se les enseña a desear el poder y a tener la legitimidad social para utilizar cualquier herramienta que lo perpetúe, incluida la violencia. A ellos se les otorga la propiedad de la razón como método de conocimiento de la realidad. Y en cuanto a la seducción, son vistos como seres deseantes, con un impulso sexual insaciable y sin límites.
Muchas de estas capacidades o actitudes tienden a considerarse cuestiones biológicas. Las mujeres somos más empáticas o los hombres más violentos por naturaleza, dicen, bajo argumentos relacionados, por ejemplo, con la maternidad o con las hormonas. Esa perspectiva beneficia a los intereses de cualquier sistema de dominación. Invisibiliza, por ejemplo, que la violencia es una conducta aprendida que se inscribe en la lógica del poder y de la desigualdad y que no forma parte de la naturaleza humana. Más que abordarlo desde la supuesta biología, nos urge cuestionar la legitimidad del uso de la violencia dentro de la construcción patriarcal de la masculinidad.
Obviamente, todo lo mencionado en cuanto a la socialización de personas leídas como mujeres o como hombres son generalizaciones. No significa que todas las personas actuemos siguiendo estas pautas o que no existan relatos alternativos que se escapen de esta binarista historia dominante, a pesar de que salirse de ella no esté desprovisto de sanciones y castigos sociales.
Tampoco estos mandatos son algo fijo e inmutable a lo largo de la historia. De hecho, actualmente todo esto cohabita con otros “ideales”. En el caso de las mujeres, ahora se impone también el mito de la mujer exitosa, emprendedora, autónoma, que puede con todo. Tenemos también el ideal del hombre nuevo, ese que es sensible, capaz de llorar, que se preocupa de sus hijos e hijas o que hace algunas de las tareas del hogar más visibles. Digo más visibles, sí. Porque si pensamos en las cuestiones menos evidentes y que tienen más que ver con las tareas de cuidados, como quién se encarga de ir al médico, de hacer las llamadas, de planificar lo que se necesita, de mediar en los conflictos, de sostener las situaciones difíciles, de estar pendiente de las fechas señaladas, de comprar la ropa o los regalos…, vemos que siguen estando, en la mayoría de los casos, en manos de las mujeres.
Lo peligroso de estos nuevos paradigmas es que en muchos casos no profundizan lo suficiente ni van a la raíz de las relaciones de poder que se ocultan en el sistema patriarcal y en la violencia que generan. Actúan también como una especie de barrera simbólica que nos impide seguir avanzando, bajo la ilusión de que las cosas han cambiado y nuestras relaciones ya se asientan en contextos de equidad.
Además, no podemos olvidar que el género es una categoría jerárquica basada en una forma androcéntrica de entender el mundo, donde lo tradicionalmente asignado a lo femenino no es valorado, sino todo lo contrario. La socialización como mujer, todavía hoy, está impregnada de una lógica del desprestigio y de minusvaloración permanentes. Por ejemplo, la socialización de género otorga, como ya he dicho, el dominio de la razón y la legitimidad para desarrollar la autonomía a lo masculino, ambos rasgos de comportamiento valorados en nuestra cultura bajo el prisma de la “normalidad”. Es decir, que lo se suele considerar deseable en nuestro contexto para cualquier ser humano son rasgos como la seguridad, la serenidad, la racionalidad, la madurez, la autonomía o la impasibilidad, todos ellos asociados a lo masculino tradicional. Tenemos una visión androcéntrica de la normalidad y de lo que significa estar bien.
En este contexto social, la intuición o la cultura emocional en la que se nos socializa a las mujeres no solo es minusvalorada, sino que directamente nos convierte en unas locas, histéricas, exageradas, descontroladas, arpías, que hablan demasiado, retorcidas, excesivamente nerviosas y emocionales, y por supuesto, claramente conflictivas. Por un lado, a las mujeres se nos socializa para ser responsables de mediar en los conflictos, pero, a un mismo tiempo y paradójicamente, se piensa que la persona que abre los conflictos es la que los crea y eso nos convierte directamente en las conflictivas.
Las personas socializadas como mujeres no somos el paradigma de salud mental, madurez y autonomía, que se impone en una cultura donde la expresión demasiado libre o apasionada de emociones se considera un desequilibrio y donde cada vez más el exceso de intimidad compartida se está convirtiendo en un tabú. De hecho, parece que en nuestra androcéntrica cultura competimos para ver quién siente menos, y desde ahí es fácil confundir la serenidad con la indiferencia masculina o la seguridad con la falta de compasión.
Este aprendizaje del amor en el que se nos socializa no es solo diferente, sobre todo es desigual, ya que se sustenta en relaciones de poder que otorgan privilegios a unos a costa de otras. La falta de compasión de unos junto con la empatía “desmedida” de otras genera relaciones profundamente desiguales y de explotación emocional.
Este aprendizaje desigual del amor no es inocuo, tiene efectos muy concretos en nuestras relaciones y vidas. Mujeres atrapadas en la constante inseguridad o en lo que llaman baja autoestima, perdidas en los deseos ajenos, poniendo los vínculos por encima de su propio bienestar, agotadas, desbordadas, silenciadas, en peligro de aislamiento. Hombres para los que son invisibles las necesidades de las demás, incapaces de conectar con el dolor ajeno, inconscientes a los conflictos, y que sintiéndose propietarios de la razón y la verdad actúan con desprecio, indiferencia, paternalismo, sin sentir responsabilidad por ello.
Desde aquí, son muchas las invitaciones a la violencia en nuestras relaciones. Y no me refiero solo a la violencia más evidente, sino también a la más sutil: la manipulación, el control, el descuido reiterado, las humillaciones, la devaluación, la marginación, las comparaciones destructivas, el rechazo, las amenazas, la insistencia abusiva, la intimidación, la desautorización, la desconexión, las burlas, los engaños o los abusos de poder, entre otras. Invitaciones que no siempre podemos o sabemos declinar, por más que tengamos una ideología o nos hayamos leído muchos libros, porque en muchas ocasiones esa socialización desigual nos ha dejado demasiadas huellas. Aunque con esto tampoco quiero decir que la violencia sea algo inevitable en el amor o que las personas seamos pasivas ante las situaciones de abuso.
Estas invitaciones a la violencia se sustentan además en una gran cantidad de ideas, mitos y creencias en torno al amor erótico-afectivo pretendidamente universales, que tampoco son neutrales y que nos van entrenando para la desigualdad y la preservación de estas relaciones de poder.
Por poner un ejemplo concreto, aunque tener pareja sigue siendo sinónimo de madurez y éxito social, no se valora de la misma forma a un hombre sin pareja que a una mujer, ni tampoco se vive de igual modo internamente para uno que para otra. Habitualmente, se sigue pensando que si un hombre no tiene pareja es porque no quiere y es muy libre y que si una mujer no tiene pareja es porque nadie la aguanta o es difícil. Además, ya no creemos tanto en el amor para toda la vida, pero seguimos viviendo las rupturas amorosas como un fracaso personal, sobre todo de las mujeres, que como encargadas del sostenimiento de los vínculos hemos fallado en nuestro cometido.
Otro ejemplo sería analizar cómo entendemos el deseo y la atracción en nuestra cultura. Aprendemos que enamorarse es ajeno a nuestra voluntad, que no podemos hacer nada por evitarlo, que es casi una cuestión mística y del destino porque la persona de la que nos enamoramos es “entre todos los millones de seres humanos” la persona perfecta para nosotras y nosotros, la que nos corresponde. Sin embargo, nos solemos enamorar de un determinado tipo de personas y no de cualquier persona de forma aleatoria. De partida, tenemos la premisa de la heterosexualidad como norma, y después no solo se erotiza el modelo de belleza imperante, sino que también se erotizan conductas y valores sociales. En nuestro contexto podríamos decir que lo que se erotiza está relacionado directamente con el poder y la violencia: hoy, aunque nos sorprenda, se sigue considerando más atractivo al chico que muestra agresividad, misterio y seguridad indiferente, que al chico empático, vulnerable y sensible. Así mismo, las personas socializadas como hombres siguen erotizando las conquistas difíciles por encima de las chicas que muestran claramente su interés.
Lo que se erotiza también es cultural, y tampoco es neutral. No se erotizan los mismos valores en hombres y en mujeres. De hecho, el modelo de belleza se ha convertido en la actualidad en un importante configurador de autoestima sobre todo para las mujeres, en el que nuestra capacidad de gustar y ser elegidas hace que la confianza en nosotras aumente o disminuya de forma vertiginosa.
Afortunadamente, aunque todo lo que he mencionado ocupa mucho espacio en nuestros contextos, no lo ocupa todo. Existen grietas. Grietas que nos permiten respirar y salir de este asfixiante discurso del deber ser que pretende hacernos creer que todo lo que nos pasa es una cuestión individual que obedece a estados internos y esenciales de ser.
Para los feminismos viene siendo algo histórico el empeño por abrir grietas que desafíen este aprendizaje desigual del amor en el que se nos socializa. Grietas a través de las cuáles es posible recuperar nuestra propia agencia en el amor, convirtiéndolo en un acto de voluntad y no en una obligación o una cárcel.
Desde estas grietas, y a pesar de todo, somos muchas las personas que estamos migrando hacia una nueva erótica alejada de la violencia, apostando por un amor que no es ciego, sino que, como dijo nuestra querida María Zambrano, nos hace visionarias.

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