La violencia simbólica, también es maltrato

La sociedad patriarcal y machista estructura relaciones asimétricas, jerárquicas y violentas que cobran víctimas en todos los frentes. Pero, sin duda alguna, han sido las mujeres quienes han sufrido con mayor rigor las consecuencias de este modelo hegemónico. La alarmante cifra de que en el mundo seis de cada diez mujeres han experimentado algún tipo de violencia llama la atención sobre la necesidad de pensar nuevas estrategias para la denuncia, abordaje y prevención de los vejámenes que sufre la mitad de la población mundial por motivos de género1.

Cine, radio, televisión y prensa escrita constituyen plataformas fundamentales para el abordaje integral de este fenómeno. Pero, si bien aumenta el número de intelectuales, artistas y espacios mediáticos sensibles y entrenados en estos temas, aún resultan frecuentes representaciones que reproducen e incluso justifican y promueven la violencia hacia las mujeres.

Y es que el maltrato por motivos de género se ejerce no solo en el plano físico, psicológico, económico, legal, político y laboral. La sociedad patriarcal encuentra también en los medios de comunicación y los productos de la industria cultural una vía para actualizar valores y prácticas milenarias.

El concepto de violencia simbólica2 ha permitido ilustrar cómo desde el espacio público y cultural se articulan mecanismos, imágenes y prácticas que responden a un modelo hegemónico de relaciones humanas. El sistema patriarcal a través de sus instituciones y orden simbólico, ha naturalizado roles y actitudes violentas, relaciones que se basan en un posicionamiento desigual entre dominador/a y subordinado/a.

Una imagen, mil palabras

En la actualidad podemos encontrar una amplia gama de trabajos sobre las diferentes manifestaciones de la violencia, sus impactos en la salud y derechos humanos de las mujeres, así como las estrategias y acciones que desde el proyecto revolucionario cubano se promueven para la prevención de la violencia3. Revistas científicas, publicaciones especializadas y medios audiovisuales van consolidando una labor de análisis, divulgación y prevención de la violencia por motivos de género4. Vale destacar que el tratamiento periodístico de estos temas en los medios nacionales suele concentrarse en fechas cercanas a la Jornada Mundial de Lucha por la No Violencia contra la Mujer.

No obstante, desde la investigación en comunicación y estudios culturales aún se siente la falta de pesquisas que caractericen la representación mediática y artística de los distintos tipos de violencia según los diversos formatos periodísticos y culturales, géneros y públicos; tampoco abundan -ni se divulgan- los estudios de recepción relacionados con estas temáticas. Atender a las nuevas condiciones de la sociedad actual resulta vital para comprender las diferentes dimensiones y retos que nos presenta la reproducción simbólica de la violencia machista5.

En el contexto cubano, la recepción de materiales audiovisuales se ubica entre las principales formas de consumo cultural de jóvenes y adultos. Cine y televisión digital, redes sociales y comunidades virtuales, periodismo ciudadano; las nuevas tecnologías y la diversidad de formatos digitales confluyen hoy en la formación de una generación profundamente audiovisual. El bombardeo diario de miles de imágenes impacta en la conformación de gustos estéticos pero también en la manera de mirar y concebir el mundo, incluso en los modos de construir y asumir nuestra identidad.

A pesar de las dificultades que trajo consigo la crisis económica de los años noventa para el desarrollo de la producción televisiva cubana, desde aquellos años comenzaron a emerger realidades omitidas por el resto de los medios estatales a través de la pequeña pantalla, entre ellos la violencia por motivos de género.

Los programas «Cuando una mujer» y «Hablemos de salud» han mantenido una tradición en el abordaje de la temática. El tratamiento social y médico que predomina en ambos ha dado paso también a acercamientos más complejos protagonizados por materiales destinados al espacio de la telenovela cubana.

Series y telenovelas como Diana (2010), Aquí estamos (2011) y la más reciente Bajo el mismo sol (2012) se acercaron a la violencia desde diversos puntos de vista, personajes, tramas y subtramas. Más allá de la desigual calidad estética y capacidad de análisis, muchos de estos materiales han trascendido en la memoria colectiva al presentar las complejas relaciones de personajes diversos en género, orientación sexual, edad, complexión física, escolaridad, color de la piel y acceso a los recursos— indicadores que también inciden en las diferentes manifestaciones del maltrato por motivos de género.

La violencia hacia la mujer en las relaciones de pareja, así como los abusos que pueden sufrir mujeres lesbianas, jóvenes que ejercen la prostitución y adultas mayores se sumaron a todo un glosario de problemáticas sociales como la crisis económica y la ruptura de valores y principios éticos, los conflictos ante la paternidad desde una visión que intenta romper con la hegemonía patriarcal, la emigración, las relaciones filiales y los conflictos generacionales, el consumo de drogas, la epidemia de VIH-sida, la burocracia, la crisis de vivienda, la corrupción, la reinserción social de ex-reclusos/as, el racismo y la homofobia.

La segunda parte del serial Bajo el mismo sol, titulada Soledad, presentó de manera descarnada la violencia intrafamiliar y en especial la violencia de género en las relaciones de pareja y filiales. El personaje de Odalis, una mujer joven negra, «ama de casa», vive a lo largo de la trama la espiral de la violencia. La compenetración de la actriz con el personaje, el apoyo de una fotografía profundamente expresiva, la importancia de la solidaridad entre las mujeres, la falsa moral de los agresores, junto a la complejidad psicológica que implica cada una de las realidades: agresor y víctima, constituyeron algunos de los puntos argumentales de mayor trascendencia social y artística.

Pero estas producciones, los esfuerzos institucionales y del activismo de feministas cubanas, resultan insuficientes ante la avalancha mediática y vías alternativas de consumo cultural que continuamente promueven imágenes y comportamientos machistas y violentos. Todo esto en contradicción con un espacio social conquistado por las cubanas durante siglos y dentro del proyecto socialista cubano; amén de las estrategias públicas e intersectoriales de enfrentamiento a la violencia. Resulta cada vez más frecuente la estetización y estilización de estereotipos, roles y sistemas de relaciones que una vez nos parecieron superados. La parrilla de programación de la televisión cubana ofrece hoy diversos ejemplos que pudieran establecerse como síntomas de una concepción casi generalizada.

Lo más frecuente es la reproducción de la violencia desde una posición acrítica: a partir del «reflejo» de una realidad -que puede ser profundamente problemática y violenta-, o como parte de las estrategias dramatúrgicas que pueden dinamizar y hacer más «entretenido» o «aceptado» el producto audiovisual.

Pareciera que aún no se ha concientizado que las representaciones fundamentadas en estereotipos y prejuicios, en las cuales se estandariza la diversidad humana, son ejemplo de violencia simbólica que afectan, entre otros grupos sociales, a las mujeres. La discriminación, la subvaloración, el silencio, el ignorar al otro u otra también es maltrato.

En este sentido, uno de los géneros audiovisuales más controversiales ha sido el video clip. Las nuevas tecnologías, con las infinitas posibilidades de la postproducción digital y el acceso a referentes y tendencias internacionales nos han jugado una mala pasada.

Reviven y se legitiman como medios casi exclusivos para la supervivencia y satisfacción personal los viejos preceptos de la dama de compañía, una «identidad femenina» escindida, no sujeto de derecho sino mero objeto de deseo y pura escenografía en la que se suceden las acciones dramáticas—cuando no accesorios escenográficos—las féminas aparecen como parte constitutiva de un ideal de «macho» que permanece en incansable defensa y expansión de su territorio (físico-carnal, económico y por su puesto de status y poder).

Nos encontramos en un momento complejo. La existencia de productos que dialogan de manera consciente con los conflictos sociales llama a debatir sobre el porqué de la pervivencia de un discurso televisivo- y a la postre cultural- que continúa perpetuando, naturalizando y, lo más preocupante, «modernizando» una representación de mujeres y hombres anclada en la ideología patriarcal, homofóbica, machista y falocéntrica.

Notas:

1 Estudiosas/os y activista reconocen la violencia hacia la mujer por motivos de género como que aquella que se desprende del hecho mismo de ser mujer y que puede ser perpetrado por los Estados, comunidades y personas (entre ellos familiares y la pareja). La «Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer» aprobada por la asamblea General de Naciones Unidas de 1993 define la violencia contra las mujeres o violencia de género como: «todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual, o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o privada».

2 El teórico francés Pierre Bourdieu define la violencia simbólica como la articulación de un sistema que intenta imponer una visión del mundo que se pretende legítima. Esta ha sido una de las formas implementadas por sistemas discriminatorios como el capitalismo, la xenofobia y el machismo para establecer y reproducir su hegemonía.

3 En el país se han implementado estrategias para fortalecer la prevención social de la violencia no solo por motivos de género sino también, por ejemplo, la violencia intrafamiliar. Actualmente existe el Grupo Nacional de Atención, Tratamiento y Prevención de la Violencia Intrafamiliar, coordinado por la Federación de Mujeres Cubanas y que agrupa a organizaciones sociales, organizaciones no gubernamentales, ministerios, instituciones académicas y especialistas del país.

4 En ese sentido debe resaltarse la labor sistemática de revistas como Mujeres, Sexología y Sociedad, Revista Temas, Revista Caminos, las publicaciones de agencias como IPS y SEMlac Cuba, además de blogs y bitácoras personas, entre otras publicaciones. También vale subrayar las publicaciones de investigaciones y textos de especialistas por la Editorial de la Mujer, Editorial Cenesex, Publicaciones Acuario, Ciencias Sociales, etc.

5 Varios movimientos feministas denominan también a este tipo de violencia como violencia machista por ser producto de la ideología patriarcal y falocéntrica.

Fuente: Revista Mujeres

La violencia simbólica, también es maltrato

Por Lirians Gordillo Piña/ Mujeres

La sociedad patriarcal y machista estructura relaciones asimétricas, jerárquicas y violentas que cobran víctimas en todos los frentes. Pero, sin duda alguna, han sido las mujeres quienes han sufrido con mayor rigor las consecuencias de este modelo hegemónico. La alarmante cifra de que en el mundo seis de cada diez mujeres han experimentado algún tipo de violencia llama la atención sobre la necesidad de pensar nuevas estrategias para la denuncia, abordaje y prevención de los vejámenes que sufre la mitad de la población mundial por motivos de género1.

Cine, radio, televisión y prensa escrita constituyen plataformas fundamentales para el abordaje integral de este fenómeno. Pero, si bien aumenta el número de intelectuales, artistas y espacios mediáticos sensibles y entrenados en estos temas, aún resultan frecuentes representaciones que reproducen e incluso justifican y promueven la violencia hacia las mujeres.

Y es que el maltrato por motivos de género se ejerce no solo en el plano físico, psicológico, económico, legal, político y laboral. La sociedad patriarcal encuentra también en los medios de comunicación y los productos de la industria cultural una vía para actualizar valores y prácticas milenarias.

El concepto de violencia simbólica2 ha permitido ilustrar cómo desde el espacio público y cultural se articulan mecanismos, imágenes y prácticas que responden a un modelo hegemónico de relaciones humanas. El sistema patriarcal a través de sus instituciones y orden simbólico, ha naturalizado roles y actitudes violentas, relaciones que se basan en un posicionamiento desigual entre dominador/a y subordinado/a.

Una imagen, mil palabras

En la actualidad podemos encontrar una amplia gama de trabajos sobre las diferentes manifestaciones de la violencia, sus impactos en la salud y derechos humanos de las mujeres, así como las estrategias y acciones que desde el proyecto revolucionario cubano se promueven para la prevención de la violencia3. Revistas científicas, publicaciones especializadas y medios audiovisuales van consolidando una labor de análisis, divulgación y prevención de la violencia por motivos de género4. Vale destacar que el tratamiento periodístico de estos temas en los medios nacionales suele concentrarse en fechas cercanas a la Jornada Mundial de Lucha por la No Violencia contra la Mujer.

No obstante, desde la investigación en comunicación y estudios culturales aún se siente la falta de pesquisas que caractericen la representación mediática y artística de los distintos tipos de violencia según los diversos formatos periodísticos y culturales, géneros y públicos; tampoco abundan -ni se divulgan- los estudios de recepción relacionados con estas temáticas. Atender a las nuevas condiciones de la sociedad actual resulta vital para comprender las diferentes dimensiones y retos que nos presenta la reproducción simbólica de la violencia machista5.

En el contexto cubano, la recepción de materiales audiovisuales se ubica entre las principales formas de consumo cultural de jóvenes y adultos. Cine y televisión digital, redes sociales y comunidades virtuales, periodismo ciudadano; las nuevas tecnologías y la diversidad de formatos digitales confluyen hoy en la formación de una generación profundamente audiovisual. El bombardeo diario de miles de imágenes impacta en la conformación de gustos estéticos pero también en la manera de mirar y concebir el mundo, incluso en los modos de construir y asumir nuestra identidad.

A pesar de las dificultades que trajo consigo la crisis económica de los años noventa para el desarrollo de la producción televisiva cubana, desde aquellos años comenzaron a emerger realidades omitidas por el resto de los medios estatales a través de la pequeña pantalla, entre ellos la violencia por motivos de género.

Los programas “Cuando una mujer” y “Hablemos de salud” han mantenido una tradición en el abordaje de la temática. El tratamiento social y médico que predomina en ambos ha dado paso también a acercamientos más complejos protagonizados por materiales destinados al espacio de la telenovela cubana.

Series y telenovelas como Diana (2010), Aquí estamos (2011) y la más reciente Bajo el mismo sol (2012) se acercaron a la violencia desde diversos puntos de vista, personajes, tramas y subtramas. Más allá de la desigual calidad estética y capacidad de análisis, muchos de estos materiales han trascendido en la memoria colectiva al presentar las complejas relaciones de personajes diversos en género, orientación sexual, edad, complexión física, escolaridad, color de la piel y acceso a los recursos— indicadores que también inciden en las diferentes manifestaciones del maltrato por motivos de género.

La violencia hacia la mujer en las relaciones de pareja, así como los abusos que pueden sufrir mujeres lesbianas, jóvenes que ejercen la prostitución y adultas mayores se sumaron a todo un glosario de problemáticas sociales como la crisis económica y la ruptura de valores y principios éticos, los conflictos ante la paternidad desde una visión que intenta romper con la hegemonía patriarcal, la emigración, las relaciones filiales y los conflictos generacionales, el consumo de drogas, la epidemia de VIH-sida, la burocracia, la crisis de vivienda, la corrupción, la reinserción social de ex-reclusos/as, el racismo y la homofobia.

La segunda parte del serial Bajo el mismo sol, titulada Soledad, presentó de manera descarnada la violencia intrafamiliar y en especial la violencia de género en las relaciones de pareja y filiales. El personaje de Odalis, una mujer joven negra, «ama de casa», vive a lo largo de la trama la espiral de la violencia. La compenetración de la actriz con el personaje, el apoyo de una fotografía profundamente expresiva, la importancia de la solidaridad entre las mujeres, la falsa moral de los agresores, junto a la complejidad psicológica que implica cada una de las realidades: agresor y víctima, constituyeron algunos de los puntos argumentales de mayor trascendencia social y artística.

Pero estas producciones, los esfuerzos institucionales y del activismo de feministas cubanas, resultan insuficientes ante la avalancha mediática y vías alternativas de consumo cultural que continuamente promueven imágenes y comportamientos machistas y violentos. Todo esto en contradicción con un espacio social conquistado por las cubanas durante siglos y dentro del proyecto socialista cubano; amén de las estrategias públicas e intersectoriales de enfrentamiento a la violencia. Resulta cada vez más frecuente la estetización y estilización de estereotipos, roles y sistemas de relaciones que una vez nos parecieron superados. La parrilla de programación de la televisión cubana ofrece hoy diversos ejemplos que pudieran establecerse como síntomas de una concepción casi generalizada.

Lo más frecuente es la reproducción de la violencia desde una posición acrítica: a partir del “reflejo” de una realidad -que puede ser profundamente problemática y violenta-, o como parte de las estrategias dramatúrgicas que pueden dinamizar y hacer más “entretenido” o “aceptado” el producto audiovisual.

Pareciera que aún no se ha concientizado que las representaciones fundamentadas en estereotipos y prejuicios, en las cuales se estandariza la diversidad humana, son ejemplo de violencia simbólica que afectan,

 

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Reviven y se legitiman como medios casi exclusivos para la supervivencia y satisfacción personal los viejos preceptos de la dama de compañía, una “identidad femenina” escindida, no sujeto de derecho sino mero objeto de deseo y pura escenografía en la que se suceden las acciones dramáticas—cuando no accesorios escenográficos—las féminas aparecen como parte constitutiva de un ideal de “macho” que permanece en incansable defensa y expansión de su territorio (físico-carnal, económico y por su puesto de status y poder).

Nos encontramos en un momento complejo. La existencia de productos que dialogan de manera consciente con los conflictos sociales llama a debatir sobre el porqué de la pervivencia de un discurso televisivo- y a la postre cultural- que continúa perpetuando, naturalizando y, lo más preocupante, “modernizando” una representación de mujeres y hombres anclada en la ideología patriarcal, homofóbica, machista y falocéntrica.

Notas:

1 Estudiosas/os y activista reconocen la violencia hacia la mujer por motivos de género como que aquella que se desprende del hecho mismo de ser mujer y que puede ser perpetrado por los Estados, comunidades y personas (entre ellos familiares y la pareja). La “Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer” aprobada por la asamblea General de Naciones Unidas de 1993 define la violencia contra las mujeres o violencia de género como: “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual, o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o privada”.

2 El teórico francés Pierre Bourdieu define la violencia simbólica como la articulación de un sistema que intenta imponer una visión del mundo que se pretende legítima. Esta ha sido una de las formas implementadas por sistemas discriminatorios como el capitalismo, la xenofobia y el machismo para establecer y reproducir su hegemonía.

3 En el país se han implementado estrategias para fortalecer la prevención social de la violencia no solo por motivos de género sino también, por ejemplo, la violencia intrafamiliar. Actualmente existe el Grupo Nacional de Atención, Tratamiento y Prevención de la Violencia Intrafamiliar, coordinado por la Federación de Mujeres Cubanas y que agrupa a organizaciones sociales, organizaciones no gubernamentales, ministerios, instituciones académicas y especialistas del país.

4 En ese sentido debe resaltarse la labor sistemática de revistas como Mujeres, Sexología y Sociedad, Revista Temas, Revista Caminos, las publicaciones de agencias como IPS y SEMlac Cuba, además de blogs y bitácoras personas, entre otras publicaciones. También vale subrayar las publicaciones de investigaciones y textos de especialistas por la Editorial de la Mujer, Editorial Cenesex, Publicaciones Acuario, Ciencias Sociales, etc.

5 Varios movimientos feministas denominan también a este tipo de violencia como violencia machista por ser producto de la ideología patriarcal y falocéntrica.

Fuente: Revista Mujeres

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