Comunicación, feminismo y conflicto armado

El feminismo, los feminismos, nos han dado los conceptos, la mirada, además de una ética, una forma de estar en el mundo, que utilizamos como comunicadoras y después de tanto tiempo viendo, entendiendo y explicando, que es al fin y al cabo en lo que consiste nuestro trabajo, yo he llegado a la convicción de que tenemos la obligación de erradicar la violencia de género con nuestros instrumentos: denunciando, contando, dando voz a las fuentes que realmente saben, alejándonos de los números y acercándonos a las personas. Tenemos que cambiar el canon. Tenemos que cambiar los paradigmas de la comunicación.

 

Amigas, a las mujeres no nos veían ni muertas. Durante décadas, las mujeres han sido asesinadas en todas partes del mundo con el único fin de que fueran sumisas pero, todos esos asesinatos, todos esos crímenes, apenas han dejado rastro en los medios. Como mucho, se publicaban en páginas de sucesos, en las notas rojas. Sin embargo, en su mayoría eran mujeres que no habían ejercido violencia ni la habían provocado; eran mujeres normales y por lo tanto, sus muertes también eran normales.

Al menos, una de cada tres mujeres en el mundo ha sido golpeada, obligada a mantener  relaciones sexuales, o sometida a otros abusos. Por lo general, el autor de los abusos es un miembro de su propia familia o un conocido suyo. La discriminación contribuye a la aceptación generalizada de la violación y la violencia contra las mujeres en el ámbito familiar, en sociedades que supuestamente están en paz. La mayoría de estos crímenes quedan sin castigar.

Cuando estalla un conflicto armado aumentan todas las formas de violencia y, en particular, la violencia sexual contra las mujeres. Pero la violencia basada en el género no es producto de la guerra. No comienza con la guerra ni cesa al finalizar ésta. Surge de la discriminación de las mujeres. Dondequiera que vivan, las mujeres rara vez cuentan con los mismos recursos económicos o ejercen el mismo control sobre su vida, sobre sus cuerpos, que los hombres. En consecuencia, sus derechos humanos son respetados en menor medida que los de los hombres.

Las experiencias de las mujeres durante los conflictos armados son muy diversas y dependen de factores como el grupo étnico al que pertenecen y el hecho de si son ricas o pobres. Estas diferencias pueden determinar quiénes van a vivir y quiénes van a morir.

La propaganda de guerra, que se hace en muchos países, muestra cómo se refuerzan los  estereotipos antes de los conflictos y durante éstos. En el centro de la retórica se encuentra el concepto de que las mujeres representan el honor de la comunidad. Por lo tanto, atacar a las mujeres del enemigo equivale a atacar al grupo entero y, a la inversa, la idea de que es necesario vengar el honor mancillado de las mujeres se utiliza para justificar actos de violencia.

En algunas ocasiones, los ataques contra las mujeres se centran en su papel de madres de la generación siguiente. Por ejemplo, en el contexto del conflicto que se libró en Guatemala durante treinta años, hubo soldados que dijeron a Amnistía Internacional que habían destruido fetos y mutilado los órganos sexuales de las mujeres para “eliminar la semilla de la guerrilla”. Durante los conflictos en varios países de África, entre ellos Ruanda y la República Democrática del Congo, se han denunciado atrocidades similares.

Las mujeres siempre perdemos las guerras, todas las guerras: las preguerras, los embargos, las guerras y las postguerras. Ejemplos de que la paz no es la ausencia de guerra es la situación de Irak, país más violento y peligroso desde que el ex presidente de EEUU, George Bush, declaró que ésta había terminado o Guatemala, donde actualmente se utilizan muchas veces más municiones que en los años de la guerra.

En todos los conflictos bélicos, antes de que comiencen, lo primero que se pierde es la libertad de expresión; después, llega la pérdida del resto de libertades fundamentales. La maquinaria de propaganda se pone en marcha antes que la maquinaria de guerra. Sabemos, además, que las últimas contiendas que hemos vivido tienen dos factores fundamentales que las hacen diferentes:

1. Que son mediáticas. Desde el desembarco de los marines americanos en Somalia, en 1992, en aquella farsa denominada operación “Devolver la esperanza” en la que había más cámaras de televisión que fusiles, sabemos que los medios forman parte, y de manera destacada, de las armas de guerra.

2. La diferencia fundamental: van dirigidas específicamente o como efectos colaterales hacia la población civil. Según el Fondo de Población de Naciones Unidas, hace un siglo, el 90 por ciento de los que morían en las guerras eran soldados y personal militar. Hoy en día, es al contrario, el 90 por ciento de las víctimas de guerra son civiles y en sus tres cuartas partes, mujeres, niños y niñas.

También hay que señalar que en esas guerras mediáticas, tampoco se ven a las mujeres. En los relatos de guerra que hacen los medios, se practica la mirada androcéntrica y se habla de los tipos de armas, las posiciones del enemigo, los discursos de los líderes, el número de muertos. Pero no del número de abortos, de la falta de empleo y, como consecuencia, pérdida de capacidad de generar recursos para las mujeres, de las dificultades para defenderse (habitualmente las mujeres no tienen ni portan armas), las violaciones o barbaridades específicas.

Por ejemplo, la cárcel de Abu Graif, tristemente famosa por los abusos, torturas y humillaciones perpetradas contra los iraquíes allí recluidos. Sin embargo, no tuvimos noticias ni relatos mediáticos de lo que ocurría con las iraquíes allí recluidas, de cuántas fueron violadas y de éstas, cuántas lo sufrieron delante de sus maridos u otros miembros de su familia, lo que supuso la muerte para ellas, bien a manos de sus propias familias, por el deshonor que constituían, bien por suicidio. Yo creo, como reportera, que las guerras no te endurecen, todo lo contrario.

He visto en Bagdad cómo curtidos periodistas, que habían cubierto la mayor parte de los  conflictos de los últimos años, abandonaban su labor. Uno de ellos, un reconocido fotógrafo inglés, ante nuestra sorpresa, pues no era nada fácil llegar hasta allí, nos anunciaba que se iba de Irak con una frase rotunda: “No soporto ver morir a un niño más”.

Ese sentimiento de impotencia ante la violencia y también de cierta impotencia ante un conflicto,  que por más que lo denunció la prensa internacional destruyó la población de un país, es lo que tenemos que combatir. A pesar del dolor, tenemos que seguir haciendo lo mejor sabemos como reportera: mirar, entrevistar y contar todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Hacemos mejor periodismo cuanto menos nos importa el tipo de munición que está cayendo, de qué año son los Kalashnikov o quién los ha proporcionado y cuando más nos importan las personas.

Tenemos que contar sin rubor, lo difícil que es escribir un reportaje con lágrimas en los ojos, la tensión que se va acumulando tras días y días bajo el peligro de las bombas o un proyectil extraviado; el miedo que se ve en los ojos de los niños y las niñas, de los adultos, el miedo que se contagia.

Tenemos que contar los horrores de la guerra: las familias enteras carbonizadas, menores con los miembros amputados, y lo que es más difícil de trasladar, los olores, los sentimientos, las cosas aparentemente pequeñas: que se cierran los colegios, las universidades, las mujeres pierden sus trabajos, qué pasa en un ciudad sin luz, qué pasa en los hospitales cuando no hay energía eléctrica, qué pasa con las incubadoras…

Tenemos que cambiar el canon.

No hace falta modificar las 5 W’s pero sí tenemos que redefinir qué es una buena información y con todos los matices que le queramos incorporar al concepto, ésta solo pasa si incluye a las mujeres, es decir, si realmente traslada lo que está ocurriendo, no solo una parte de la realidad.

Amigas, es ilusorio pensar que va a cambiar el periodismo si la sociedad no cambia y a la inversa, porque no es menos cierto que sería ilusorio pensar que va a cambiar la sociedad si el periodismo no cambia. Los medios de comunicación se han convertido en el ágora pública, en el lugar de discusión sobre “lo que importa”, los notarios de “lo que existe”.

Los medios de comunicación forman parte de la sociedad en la que trabajan y, al mismo tiempo, la configuran diariamente. Tienen, por tanto, los mismos prejuicios que el resto de los colectivos; en su condición de empresas priman la búsqueda de beneficio y, como organizaciones humanas, mantienen jerarquías masculinas y la discriminación de género instaladas socialmente.

Los medios de comunicación, además de informar, proponen modelos sociales, formas de pensar y comportarse y son el foro de discusión pública. En los medios de comunicación se decide buena parte de las cuestiones que más afectan a la ciudadanía y son decisivos en los cambios sociales. Es decir, por un lado forman parte del discurso dominante y por otro, lo alimentan.

Por tanto, preparar un mundo sin violencia sin tener en cuenta el trabajo de los medios de  comunicación, hoy en día, sería poco menos que imposible. (…)

Antes de examinar la representación de la violencia en los medios, parece necesario estudiar cómo actúa en ellos el sistema de sexo-género. Los medios de comunicación no están ajenos a él, trabajan en sociedades patriarcales marcadas por los estereotipos de género y en sus sistemas de organización y de producción se reproducen todas estas cuestiones. Por decirlo de otra manera, nada humano les es ajeno. (…)

Todos los estudios consultados al respecto coinciden: solo hay un apartado en el que las mujeres aparecen muy a menudo, habitualmente sobrerrepresentadas en comparación con los varones. Se trata de los casos en los que las mujeres son protagonistas como víctimas, maltratadas, analfabetas o discriminadas. Pero ni siquiera en este último apartado, en el que las mujeres sí tienen presencia, aparecen con discurso, en éste más que en ningún otro caso, solo son imágenes. (…)

Estas son las reglas que como profesionales tenemos que cambiar y romper porque a millones de mujeres les va la vida en ello. No son profesionales, no son rigurosas, llevan a la mentira, es decir, son un fracaso como procesos de comunicación y además mantienen y alimentan la desigualdad en el corazón de nuestras sociedades.

Fragmentos de la ponencia, leída por la autora, en el III Encuentro de la Red Internacional de periodistas con visión de género. Bogotá. Colombia. 2009.

 

Marzo de 2010

*Nuria Valera

Nacida en Mieres, Asturias, el año 1967. Periodista, profesora y ensayista. Corresponsal de guerra con más de 20 años de experiencia en Bosnia, Sarajevo, Chechenia, Irak y el golpe de estado en Rusia. Cubrió los campos de refugiados croatas, saharauis y afganos; estuvo en El Salvador, México y Nicaragua observando y reportando los procesos sociopolíticos, y en Ciudad Júarez investigando los feminicidios. Ha publicado los libros Íbamos a ser Reinas y Feminismo para principiantes.

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