Comunicación sobre fecundidad: «Parecerse a la vida»

¿Se va a recuperar la fecundidad cubana? ¿Cuál será la varita a lo Harry Potter para que nazcan más bebés en las familias de la isla? ¿Existe acaso? Y sobre todo, ¿cómo enfrentar el fenómeno desde los medios de comunicación, en un país que atraviesa un franco proceso de envejecimiento y disminuciones absolutas en sus montos totales de habitantes?

Si hace más o menos una década interrogantes como esas estaban ausentes del entorno de la comunicación pública, hoy son retomadas con bastante frecuencia en los medios informativos, pero también en polémicas académicas e institucionales.

Los resultados de estos debates a menudo se mueven de extremo a extremo. Por un lado, se defiende un discurso que apunta a transformaciones económicas en ámbitos como el de la vivienda, los ingresos familiares o la reanimación de espacios de apoyo al hogar, por solo citar algunos, como único camino para una soñada recuperación de los nacimientos.

En el otro, se vuelve la mirada a los medios de comunicación y otros actores sociales o comunitarios, y se les pide un posicionamiento en aras de cambiar comportamientos que, lamentablemente, a menudo se reduce a «convencer» o «sensibilizar» a las mujeres de la gravedad de la situación demográfica y, por tanto, de la responsabilidad que en ello les compete, como si la reproducción no fuera un asunto de dos.

Vale recordar que países como Japón, Francia o Alemania, que apostaron al estímulo económico ante coyunturas similares, no avanzaron mucho por ese camino, y que las personas, en general, no suelen tomar decisiones relativas a su reproducción y al tamaño de sus familias en función de las coyunturas demográficas de sus países.

Encrucijada de muchas raíces

La búsqueda de acciones integrales se impone, entonces, como alternativa, en línea con la misma multicausalidad de la baja fecundidad. Identificada en los últimos años por no pocos expertos, como «el determinante fundamental de los cambios, tanto del monto total de la población, como de su estructura por edades», esta variable precisa indagaciones múltiples que van desde el indicador en sí, hasta los comportamientos reproductivos a ella asociados, y las situaciones familiares o sociales que signan la decisión de tener o no descendencia.

Las causas de la baja fecundidad en Cuba no se pueden buscar en un camino recto. Van desde lo macro social hasta lo más individual y existe una interacción, un condicionamiento mutuo, entre ambos espacios, asegura la doctora Grisell Rodríguez, del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana (CEDEM) .

Sin embargo, estudios confirman que las mujeres cubanas, en general, quieren y aspiran a ser madres alguna vez y, en no pocas ocasiones, este argumento sobresale por encima de otras consideraciones de índole socioeconómica, como la falta de recursos o de vivienda, así como también de aquellas relacionadas con la realización personal o la responsabilidad y sobrecarga que implica la crianza y manutención de hijas e hijos. La última Encuesta Nacional de Fecundidad, por ejemplo, confirmó que entre la población cubana existe un alta proporción de fecundidad no satisfecha .

En línea con esos estudios, Rodríguez cree que esa decisión «está anclada en motivaciones de carácter económico, social y de superación personal, atravesadas por un proceso de transmisión de madres a hijas, de los patrones reproductivos».

El llamado «cambio en la condición de la mujer» se alza en la isla, además, como una importante causal de la baja fecundidad. Se confirma en ellas «una singular autonomía que no deriva solo de la elevada escolaridad y participación en la actividad económica. Existe también una elevada seguridad en el sistema de salud y en los derechos sociales», ha defendido en sus estudios la doctora Marisol Alfonso , actual oficial de Programa de UNFPA, Fondo de Población de las Naciones Unidas en Cuba.

Otras indagaciones apuntan a la ausencia de procesos estructurados de planificación familiar cuando llega el primer bebé. O sea, en no pocas ocasiones la decisión se toma ante la evidencia de un embarazo y no como consecuencia de una búsqueda y preparación consciente.

Ante esa situación, Rodríguez asevera que, en torno a la fecundidad, «se precisa comprender no solo los niveles de la variable en los últimos años», sino las peculiaridades de las decisiones individuales que influyen en ese comportamiento. En otras palabras, se debe consultar a las familias, no solo a las mujeres, en busca de sus percepciones y preocupaciones en torno al tema.

La palabra mágica

Tal afirmación vale también para pensar en acciones desde la comunicación. Según la doctora Isabel Moya, directora de la Editorial de la Mujer, los medios de comunicación están llamados «a mirar la manera en que viven hombres y mujeres, las relaciones que establecen entre ellos, en que funcionan las familias y cómo están diseñadas las estructuras sociales. Cuando digo problematizar, digo dialogar con la gente. Hay mucho camino que recorrer en temas como la baja natalidad, la presencia femenina en cargos de toma de decisión y en sectores no tradicionales», ha argumentado en entrevista reciente con SEMlac.

«La realidad hay que verla con más matices y develarlos a las personas. Las cifras son espectaculares, pero el dilema está en ir más allá, ver a los seres humanos y detenernos en los procesos que hay detrás de esas cifras para poder dar el salto cualitativo que necesitamos. Porque aunque el salto cuantitativo es innegable, las mujeres están estresadas, sienten culpa por las disfuncionalidades de la familia, están sobrecargadas», aseveró.

Un resumen apretado de los resultados de entrevistas con parejas jóvenes de La Habana y de la oriental provincia de Las Tunas, parte de un estudio en curso sobre el tratamiento de la fecundidad en los medios de comunicación, respalda las opiniones de Moya, autora del libro Reinventar el periodismo. Hacia una contracultura feminista en los medios de comunicación, presentado recientemente.

En ellas pueden identificarse preocupaciones acerca del entorno familiar, como la participación de los padres en los procesos de crianza y educación de los hijos, trascendentes para tomar decisiones en torno a la fecundidad y que entroncan con la necesidad de ese otro periodismo armado desde posiciones no sexistas que Moya defiende.

La mayoría de las mujeres entrevistadas, sobre todo las que ya eran madres, hablaron del poco apoyo recibido por parte del esposo o novio en la atención a sus bebés y demandaron respaldo en ese sentido.

«Las tandas de pañales sucios y las noches sin dormir fueron para mí sola y no quiero volver a vivir dos años como esos», explicó una joven de 27 años de la provincia de Granma. «Hay que dedicar un curso de Universidad para Todos a enseñar a los padres a ser padres», agregó.

Como la serpiente que se muerde la cola, el envejecimiento también apareció, recurrente, pero no solo como consecuencia de la actual coyuntura demográfica. También como causa. La baja fecundidad siembra el terreno para que florezcan las canas pero, a la par, las mujeres, generalmente sin hermanos o cuñados que las apoyen, comienzan a identificar el cuidado de ancianos –padres, suegros o abuelos- como causa de su baja fecundidad.

Además de las cargas de la mujer cuidadora, las parejas confesaron desconocimiento de alternativas que les permitan enfrentar la presencia en casa de adultos mayores necesitados de atención permanente, sin dejar de trabajar y desarrollar su vida con normalidad. Y demandaron del quehacer periodístico herramientas para manejar situaciones de la cotidianidad relacionadas con la educación de hijas e hijos y el intercambio o convivencia con el resto de la familia, sobre todo cuando comparten espacio varias generaciones.

«Si con uno pierdo la paciencia, imagínate si tengo otro», fue una frase reiterada, con más o menos exactitud, en varias de las entrevistas.

En algo coincidieron casi todas las parejas: el tratamiento de estos temas en periódicos, revistas, programas de radio o de televisión debe alejarse de los monólogos de expertos llenos de palabras técnicas y «parecerse a la vida».

Documentales con experiencias de cómo otras familias resolvieron los problemas, historias de vida con soluciones fueron alternativas demandadas. Igualmente reconocieron que, cuando estas problemáticas se incorporan en espacios dramatizados de alta demanda, como las telenovelas, se consiguen resultados más eficaces.

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