Por Dalia Acosta
Todavía le cuesta reírse, hablar con una persona extraña, contar su historia. Tiene 27 años, dos hijos y hace apenas cuatro o cinco meses que logró separarse de su esposo y poner fin así a la cadena de violencia que la ha perseguido desde la niñez.
No dice su nombre y es mejor no preguntárselo. Aunque ya tiene trabajo en un laboratorio del sistema de salud, gana un salario decoroso y recibe ayuda. Esta mujer de la ciudad de Pinar del Río, a 140 kilómetros de la capital de Cuba, no lleva marcas visibles pero aún no logra superar "los golpes que le dio la vida".
Todo se convirtió en un infierno el día en que, apenas con 8 años, vio morir a su madre aplastada por un camión de basura. Después de eso, dejó la escuela en sexto grado y "tuvo que estar con hombres" para criar a su hermano más pequeño. "Si no lo hacía, se me iba a morir", cuenta ahora a SEM.


