Los límites de la impotencia

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Por Dalia Acosta

Hace días que le cuesta trabajo sonreír, levantarse en las mañanas, concentrarse en el trabajo o, simplemente, vivir. Apenas duró unos minutos y, aún así, no puede librarse del escalofrío en la piel, las imágenes en su memoria, las lágrimas que vuelven a sus ojos.
"Sentí miedo, asco, pero, sobre todo, mucha impotencia. Estábamos él y yo solos en aquella habitación, sin un testigo. Él con todo su prestigio y poder y yo una mujer que iba a pedir ayuda", cuenta una profesional cubana de 41 años que buscaba financiamiento para una iniciativa cultural.
El funcionario, que con anterioridad le había brindado su ayuda, se convirtió de pronto en acosador. "Me vino arriba, trató de besarme y sólo atiné a darle un empujón e irme", relata.
Casi dos décadas antes, su madre había vivido también una experiencia de acoso sexual en el ámbito laboral. Un proyecto que dirigía desapareció de la noche a la mañana y sin razón aparente. Todo porque ella se negó a tener relaciones sexuales con quien era su jefe directo.
"Entonces no hice ni dije nada, pero cuando supe lo que le pasó a mi hija no pude quedarme callada. Las cosas tienen un límite", asegura la madre, que solicitó el anonimato.
Tras varias cartas, la familia supo que el funcionario en cuestión fue "debidamente advertido para que situaciones como esa no se repitan"; sin embargo, conservó su puesto y también su prestigio. Ellas no lo llevaron a los tribunales; ni siquiera sabían que podían hacerlo.
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