Por Raquel Sierra / Foto: Raquel Sierra
Es la primera en levantarse, generalmente a las cuatro de la madrugada y a veces antes, en el poblado de Pozo Cuadrado, a nueve kilómetros de Bayamo, la capital de la provincia de Granma, en el oriente de Cuba. Cuando cuela el café, su luz es la única del barrio. Luego camina kilómetro y medio hasta llegar a la finca bufalina donde trabaja. Erlinda Virgen Yero Liens es la ordeñadora.
En la corraleta, donde prima el fango, la esperan 67 búfalas y un semental, Pancho. Tras el ordeño, los pastorea bajo el sol en la mañana y en la tarde. Las conoce por sus nombres: la Chiquita, la Conga, Marisol... Pese a su mala fama, vienen dóciles a su llamado. Solo le disgustan los extraños.
Como hay arroz sembrado en las cercanías, tiene que vigilarlas para que no se antoje de ese manjar, aun más atractivo por tener uno de sus espacios favoritos, el agua, que refresca del caliente sol de Oriente. Ella, con mangas largas y un sombrero, viene y va entre las búfalas, sin temerles.
Cuando llegó al poblado —unos 800 kilómetros al este de La Habana—, desde la Sierra Maestra, hace casi 30 años, con dos niños pequeños y padres ancianos, le ofrecieron empleo como auxiliar de limpieza o en una oficina. Ella, nacida en el campo, prefirió otra variante: una vacante en una unidad ganadera de la Empresa La Bayamesa, pastoreando y ordeñando animales.
A eso se dedicó durante 20 años y mantuvo a su familia. Desde hace seis, aunque sus hijos y su entonces esposo pusieron el grito en el cielo, vio una nueva posibilidad en la conversión de la vaquería en bufalina y se quedó. “Yo no le tengo miedo a nada”, dijo tajante ante los peros.
La incorporación, permanencia y resultados en este oficio considerado “no tradicional” para mujeres, le valió este año el Premio Anual a la Excelencia en el trabajo de la Mujer Productora, otorgado por la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA).
“Este premio se constituyó como una vía para hacer visible el trabajo de las mujeres en la ganadería, pues muchas veces se desconoce y quedan invisibilizadas por los hombres”, explicó a SEMlac Dilcia García Pérez, doctora en Medicina Veterinaria y responsable de los proyectos de género de ACPA.
“Aunque requiere de mucho esfuerzo, ellas han demostrado que sí se puede y tratan de transmitir sus conocimientos a otras para que se sumen y puedan tener ingresos propios. Este premio ha ayudado a ir eliminando la brecha que aún persiste en el campo cubano y debemos seguir trabajando por hacer visible el papel de las mujeres y su aporte a la producción animal”, agregó.
Es mucha Erlinda
Si la sacan de su medio, aunque sea para recibir el premio, en Media Luna, unos 100 kilómetros de casa, se siente fuera de su espacio, le molesta el olor de la gasolina y el mundo se le vuelve al revés. Pero cuando la llevan a hacer una clase demostrativa de ordeño de vacas, como una vía de estimular a otras mujeres, vuelve a la vida.
Es más bien reservada sobre su historia, pero cuando empieza a hablar de su trabajo y las búfalas, sí que hace cuentos y más cuentos.
“No son animales pesados, uno los llama y van al ordeño. Se destetan solas, si no quieren darle más leche al ternero se echan en el piso y no les dan de mamar y dejan de dar leche. La gestación dura 10 meses”, dice a SEMlac, segura de sí.
Nació en 1954 en el municipio granmense de Bartolomé Masó, en un lugar conocido como Pozón de Canabacoa, en las lomas. Estudió solo hasta quinto grado, por el hecho de que en esa intrincada serranía la escuela le quedaba demasiado lejos de la casa. En los últimos tiempos ha participado en talleres que le han permitido sumarle conocimientos a su experiencia y aprender a darle valor a lo que hacen las mujeres.
“Prácticamente desde que nací estoy trabajando. Me iba con mi papá, con una mochita y un azadoncito, a limpiar los cafetales. Me decían: `qué es eso de una muchacha estar chapeando´ (limpiando con machete la tierra de hierbas y malezas). Luego empecé a trabajar con los animales, algo que generalmente hacen los hombres”, recuerda.
“Una parte de mi vida la pasé en las lomas, allí me casé a los 19 años y tuve a mis hijos. Me separé, la situación económica no era buena y bajé de las lomas con mis dos niños y padres ancianos para mejorar y mantenerlos. Tenía entonces algo más de 20 años”, dice.
Su oficio espantó a muchos hombres, quienes no concebían que fuera ordeñadora. Sin embargo, eso no la hizo renunciar a un espacio donde se siente cómoda y útil, pese a que el pago continúa siendo bajo para las características de un trabajo que requiere de fortaleza física y dedicación.
“Me levanto siempre a las cuatro, si hay pocas búfalas paridas. Si hay muchas, a la una. De regreso a la casa, después de las seis, cocino, atiendo a los animales y me acuesto temprano, porque al otro día hay que levantarse temprano”, comenta Erlinda, quien preside el órgano de base de ACPA en la bufalina.
Fundada en 1974, la ACPA agrupa a productores, criadores, técnicos, investigadores y profesores vinculados con la producción e industria agropecuaria.
En 2007 instituyó el Premio a la Excelencia de la mujer productora para estimular la participación femenina en la vida social, política y económica del sector. El galardón anual nacional es único y lo selecciona una comisión a partir de las propuestas provinciales.
ACPA desarrolla otras acciones a favor de la inserción femenina, entre ellas un amplio programa de capacitación en temas de género en varias provincias, que abarca desde directivos de organizaciones y organismos hasta la base, para sensibilizar y dar herramientas para el trabajo de proyectos.
Dar un empujón
Erlinda, seleccionada como mejor productora en 2010, por el grupo asesor de la agricultura en temas de género, está abierta a aprender sobre equidad y empoderamiento femenino, por eso comparte con otras sus experiencias y pensamientos, defendidos de las adversidades con sus manos rugosas y su carácter indoblegable.
“Nosotras las mujeres podemos y tenemos el derecho de seleccionar lo que queremos hacer. Estoy segura de que, en mi comunidad, la provincia o el país, hay muchas otras que pueden o quieren hacerlo, lo que hay es que romper el hielo”, sostiene.
En Pozo Cuadrado, un caserío pequeño de casas de madera y techo de guano (pencas de las palmas canas), con historias de ficción y realidad, otras mujeres ven en ella el reconocimiento a su trabajo y a la perseverancia en medio de los duros avatares de la vida rural cotidiana.
Y no puede parar en ese empeño para dejar más huellas allí donde los hombres la miraron al inicio con recelo y malos ojos, dentro de un sector donde es preciso revertir las actuales condiciones de trabajo.
Según el estudio "Principales factores que influyen en el desempeño socio laboral de las mujeres", presentado en noviembre pasado en el III Congreso Internacional de Producción Animal Tropical, las mujeres no cuentan con posibilidades que contribuyan a mejores condiciones laborales ni se garantizan las normas mínimas para sus funciones.
La investigación, realizada en las provincias de Matanzas, Cienfuegos, Camagüey y Granma por investigadores del Instituto de Ciencia Animal (ICA), arrojó que solo 10 por ciento de las mujeres cuentan con alguna capacitación referente a su actividad laboral. Este trabajo reveló que las mujeres de la rama agropecuaria no cuentan con la ayuda suficiente en sus hogares por parte de sus esposos y solo 20 por ciento dijo sentirse con el apoyo necesario, explicó a SEMlac Yuley Martínez Llanes, uno de los autores.
Otra de las conclusiones del estudio, realizado entre 60 obreras y técnicas de granjas estatales y unidades básicas de producción cooperativa, fue que las mujeres no encuentran gestión para facilitar su trabajo “debido a la falta de sensibilización con la temática de género”.
Por ello, recomienda reformular las políticas de manera que se eleven las condiciones de vida de las mujeres del sector agropecuario, se realicen acciones de capacitación y se introduzcan horarios para las que tengan niños pequeños, entre otras acciones.
Mayo de 2011


