En Cuba es tan común el humor como el beisbol. Forman parte inherente de la cultura nacional, tanto que importantes teóricos y estudiosos de las Ciencias Humanísticas y Sociales han dedicado enjundiosas investigaciones a temas como el choteo. Pero no siempre la comicidad ha sido vanguardia en cuanto a posturas artísticas y sociales en la isla. En ese sentido, buena parte del humor presente en la televisión y en los espectáculos teatrales y de cabarets en Cuba es discriminatorio cuando aborda tópicos como la diversidad sexual.

A pocos días de ser presentado el anteproyecto de la futura Constitución a la Asamblea Nacional del Poder Popular, las redes sociales se han caldeado en el intercambio de declaraciones, imágenes y comentarios de diversos activistas sobre la creciente inflexión discriminatoria, en el espacio público y mediático, de dos esferas muy importantes: la iglesia y el sector privado.[1] Producidos de manera no conectada entre sí, los hechos que han dado pie a la polémica inquieren a una misma realidad: la crisis institucional en torno a la violencia homofóbica y transfóbica, y la carencia de mecanismos políticos y jurídicos que protejan a los sujetos ante posibles vulneraciones. La libertad religiosa[2] y el derecho de admisión[3] fueron los estandartes para menoscabar la dignidad de las personas con identidades no heteronormativas, sin que el gobierno, como árbitro imparcial, responsabilice por los excesos de autoridad, penalice por los daños causados y reconstruya el escenario cívico como Estado de Derecho. El silencio político nos hace pensar en lo imperativo de un marco legal que contemple los valores ciudadanos ampliamente, desde la perspectiva de los derechos humanos.

Un fenómeno presente en nuestras sociedades del cual Cuba no ha podido escapar pese a sus innumerables propuestas y estrategias de trabajo, es el inadecuado tratamiento de las diferencias de géneros. Entre otros asuntos porque cuando se habla en la isla del tema se centra la mirada en lo supuestamente femenino, en el ideal que la sociedad históricamente ha construido y reproducido para este género, que deja fuera la incongruencia entre sentirse femenina y tener genitales masculinos.

Humani nihil a me alienum
puto...

                                                                                         Publio Terencio Africano

La sociedad patriarcal ha establecido como norma la institucionalización de la heterosexualidad y esa orientación sexual ha sido legitimada a través de los siglos, desde todas las esferas posibles, mediante las leyes, las religiones, las ciencias, la cultura, la familia, la educación, la economía, el Estado. Las otras opciones sexuales, desviadas de esa norma, han quedado bajo el estigma, enajenadas de los derechos, el prestigio y el poder que asisten a la heterosexualidad por haber sido elevada a la categoría de paradigma dominante.

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