Un mafioso italiano secuestra a una joven empresaria polaca y le da 365 días para enamorarse de él. Su excusa, como mínimo absurda, es que ella apareció en su mente cuando estuvo a punto de morir un par de años antes. Desde aquel momento, la busca. Ahora, que la encontró, no puede dejarla ir. Esa es, a grandes rasgos, la historia de Massimo y Laura en la película 365 DNI, que durante el último mes lideró los tops ten en Netflix. Falta un detalle: Laura solo necesita un par de días para ceder ante el violento galán y terminar enamorada, embarazada y casi casada. El síndrome de Estocolmo en su máxima expresión.

Llegó junio y los medios de comunicación, en esos pequeños segmentos, espacios, que escapan de la contingencia de la COVID-19, vuelven los ojos al cambio climático y a la gestión de desastres. En un periodismo signado históricamente por las celebraciones y el calendario, el Día Mundial del Medio Ambiente no ha quedado este año fuera de las agendas editoriales.

Las feministas hemos asumido la disputa del escenario público y mediático, no solo para denunciar la opresión de las mujeres, la desigualdad y las violencias del patriarcado, sino también para luchar por otro sistema de relaciones, construir nuevos significados y maneras de decir.

A medida que el planeta acumula meses de desgaste por obra y gracia del nuevo coronavirus, se hace evidente que, además de contingencia sanitaria de enormes proporciones, estamos ante una crisis que provoca –y provocará- una conmoción profunda en las economías, los modos de organización social, la salud mental de las personas, la educación, la cultura y, por supuesto, la comunicación.

En primer lugar, porque si bien entraña una realidad dolorosa: cualquiera puede ser víctima; también ha confirmado con creces que las desigualdades que ya existían antes de la aparición de la enfermedad pueden definir las maneras en que diferentes personas son afectadas de acuerdo con su género, su edad, su raza o etnia, su posición social, la zona geográfica en que viven e, incluso, la religión que practican, por citar algunas de las múltiples intersecciones existentes. Como ha detallado en días recientes un informe de OXFAM[i], la pandemia no discrimina, pero las desiguadades sí.

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