Por Raquel Sierra
Historias personales casi increíbles, desconocimiento de la sexualidad y del cuerpo propios, poca iniciativa y sensibilidad de la pareja, resistencia a hablar del asunto o acudir a un especialista rodean el tema de la anorgasmia, que constituye un tabú para muchas mujeres.
Lo más interesante y hasta contradictorio es que lo callan desde las más adultas —tal vez por los prejuicios y porque les inculcaron que esas intimidades no se ventilan con nadie—, las que rondan los cuarenta y hasta algunas muchachas muy jóvenes.
Hilda López, una profesional de 41 años, parece ser una mujer de éxito. Le va bien en su trabajo, se le ve con su esposo, el padre de sus dos hijos adolescentes. Sin embargo, llora por las noches, luego de fingir que el sexo con su marido ha sido bueno.
No le gusta hablar del asunto, pero sabe qué le pasa y oír hablar de anorgasmia hace que un frío le recorra la espalda. La literatura médica la describe como “alteración en la fase del orgasmo, donde la mujer no llega al clímax, la fase de meseta se alarga y de ahí pasa directamente a la fase de resolución, que suele ser lenta, larga e incluso molesta”.













