
Por Raquel Sierra
Tiene ahora 27 años. Desde los cuatro, Rotsen padece diabetes mellitus, una enfermedad que lo obliga a inyectarse insulina varias veces al día, cuidarse de posibles heridas y mantener una alimentación balanceada.
“A los cuatro años, cuando estaba en el círculo infantil, nos percatamos de que algo no andaba bien: a diferencia de otros niños, prefería el agua al helado, se tomaba cinco vasos seguidos, con una sed desesperante, empezó a bajar de peso y la cara se le ponía muy colorada, por lo que pensé que era hipertensión arterial”, dice Mayra Verdecé, al contar la historia de su primer hijo.
En aquella época, Verdecé moría de miedo por su pequeño. Le hicieron varios análisis y sólo se le detectó ameba. Pese al tratamiento, los síntomas se mantuvieron y agravaron: siempre estaba cansado y con sueño, le dolían las piernas y dejó de participar en los juegos. Llegó un momento en que ni quería ir al círculo.














