Por Raquel Sierra / Foto: Raquel Sierra
Es un paraje solitario en el municipio de Jimaguayú, en la oriental provincia cubana de Camagüey, 723 kilómetros al este de La Habana. Apenas se divisan unas pocas casas; pero, a la izquierda del camino de tierra, donde nadie lo esperaría, crecen rosas y gladiolos cultivados por manos de mujer.
Milagros Arias Manso, de 42 años, es la florista. Escogió ese trabajo porque le gusta el contacto con esa textura, unas veces aterciopelada y otras, áspera, de las flores que siembra y corta cada día, y el suave o intenso aroma que desprenden.
“El trabajo es bonito, tiene que gustarte y, además, descubres los secretos de cada especie. Si están cerradas debes dejarlas que abran, a media mañana, porque antes el rocío no las deja abrirse, tenemos que esperar a que les dé el sol. Cuando seca se abren y las cortamos”, cuenta a SEMlac.
Según su experiencia, entre las rosas más resistentes están las amarillas y las blancas matizadas. “Llevan un cuidado enorme, hay que podarlas y cortarles los tallos secos. A veces produce mucho cuando no están retoñadas. La plantación debe durar 10 años. Le sigue en cuidado el gladiolo, que necesita agua permanentemente”.



Por Raquel Sierra / Foto: Raquel Sierra









