Por Raquel Sierra
Viste uniforme de dos tonos de azul, el atuendo de la enseñanza preuniversitaria. Se acerca en solitario a la máquina rectangular, también azul, que cuelga de la pared: un dispensador de condones. Deposita 20 centavos, gira la manigueta y, sin mediación de personas, miradas o juicios, recoge su cajita de tres preservativos.













