Por Ilse Bulit
La criada abrió la puerta y Hemingway entró como perro por su casa. Bueno, tenía derecho, él pagaba ese apartamento del habanero edificio Astral. Me pasó por el lado sin mirarme. Fue directo al dormitorio, donde a Leopoldina la mordía su cáncer.
María Ignacia, Caridad para todos, salió de esa habitación Y me dirigió una mirada con más palabras que las contenidas en El Quijote. Mi abuela no me protegía de escenas ni conversaciones prohibidas, sólo que guardaba los secretos familiares con siete llaves.













