Por Ilse Bulit
Cuando en África conocí de cerca a la cantante Miriam Makeba, sus ojos alargados me devolvieron los de Leopoldina, esa amante maltratada por los saqueadores de la vida íntima del escritor Ernest Hemingway.
Esos ojos carmelitosos eran poseídos por las mujeres de la familia, pero ella fue la única dueña de la piel olivo envidiada por mí y definida por él con el ahorro de adjetivos de un periodista cuajado como corresponsal de guerra...










