Por Ilse Bulit
Guardo todavía la asustada carita de aquel pequeño en mi memoria, a pesar de que han transcurrido más de 15 años. Salía yo de un mercado del periférico barrio de San Agustín, de la Ciudad de La Habana, y una joven, de unos 25 años, gritaba palabras mal sonantes a un parvulito menor de dos.
Ella, posiblemente la madre, lo acusaba del pecado de no marchar a su paso. Como yo, la muchacha cargaba una gran bolsa de tela repleta de papas frescas, con las que haría sabrosos purés para ese mismo pequeño: pero ahora, aquel niño era su enemigo, enemigo inventado y necesario.















