Por Ilse Bulit
Escucho la radio. Otra entrevista a una mujer imperfecta que habla de su hombre perfecto. Ella insiste en ponderarlo. Repite, como tantas otras, un canto aprendido desde niñas: “El me ayuda. Gracias a él, pude continuar mis estudios. El lleva el niño a la guardería. Y cocina muy bien, mejor que yo”.
Con unos cuantos ejemplos, fortuitos y epidérmicos, dan por rota la cadena. No pongo en dudas la existencia de esos hombres con visión clara de las responsabilidades idénticas en el sostenimiento de la vida en pareja y en familia. Tampoco dudo que, en las últimas generaciones, la comprensión gane terreno en ese aspecto. Ojalá que esas transformaciones en el comportamiento fluyeran como en cascada poderosa y no con la timidez de los ríos que, ante una sequía prolongada, pierden su caudal.
Preguntada una periodista sobre esa larga fila de entrevistas, donde pocas son las que abordan con sinceridad sus relaciones de pareja, me contestaba que muchas de sus invitadas tenían miedo de buscarse más líos con los maridos si abrían las puertas a la luz. El deseo de sostener una paz equivocada influye.
No hay dudas. Los efectos de la doble moral; subterfugio de esa hipocresía, compañera en el viaje del hombre y la mujer a través de los siglos, tiende sus telarañas.














